Angela Neira Muñoz
Interrumpir el monólogo masculino
Interrumpir el monólogo masculino
No se pudo cargar la disponibilidad de retiro
Retrocedo un par de siglos o tres para recordarnos que la ley y la medicina no siempre
controlaron la decisión reproductiva de las mujeres –ese control es un hecho reciente en
el largo recorrido de nuestra especie. El hombre prehistórico demoró milenios en
entender cómo era que una mujer quedaba embarazada o, más bien, en entender que el
coito era un acto potencialmente procreativo. Y demoró en descubrir que el semen
contenía espermios que no eran homúnculos diminutos (como algunos modernos
especulaban) sino células que, para dar curso a la concepción, debían unirse al óvulo (otra
célula que tampoco era homúnculo).
Y si hablo del hombre o de los hombres es porque estos no sabían nada sobre el
cuerpo femenino, mucho menos sobre cómo funcionaba el cuerpo materno. Hasta bien
entrado el siglo xvii ese fue un territorio exclusivo de las mujeres. Está demostrado que en
muchas culturas ellas asistían a las embarazadas, ya fuera para recetarles cocimientos
contraceptivos o abortivos o para auxiliarlas en el parto y en el cuidado de los hijos. En
todas esas culturas antiguas el conocimiento femenino era traspasado de unas a otras por
el ejemplo y la oratoria, y si ese saber no quedó documentado es porque la escritura fue
herramienta de los hombres.
Lo confirman hoy muchos estudiosos, sobre todo muchas estudiosas: que los
hombres comprendieron sólo hace unos siglos que debían arrebatarles esos saberes y
esos poderes de los que ellos carecían para poner el cuerpo y la reproducción femenina a
su servicio. Se impuso la prohibición jurídica de las prácticas pro y contra reproductivas (la
acusación de brujería era eso) y se castigó a quienes desobedecían (asesinándolas como a
la célebre Celestina de Fernando de Rojas, e incluso quemándolas vivas en la pira durante
el medioevo). De manera menos violenta, a las que sabían de mujeridad se las desplazó de
sus oficios por vía de la profesionalización de la medicina y la creación de la disciplina
obstétrica que requería de unos estudios vedados a las mujeres. Los médicos del siglo xviii
se autodenominaron los depositarios de la “verdad” procreativa y silenciaron la voz (el
conocimiento, el testimonio, el deseo) de las embarazadas auspiciados por leyes
cómplices dictadas por otros hombres.
La poeta, la investigadora, la docente, la activista Ángela Neira-Muñoz, decidió escribir
sobre y con “las amigas”, escribir lo que ellas le contaron, lo que ellas no pueden decir sin
exponerse a un juicio(…) Es Ángela Neira-Muñoz la que narra por ellas cómo se
constituyeron “las amigas” en 2016 y cómo se fueron multiplicando a lo largo de la
siguiente década.
