Voces que se niegan al silencio: ¿Por qué se celebra el Día de las escritoras?

Voces que se niegan al silencio: ¿Por qué se celebra el Día de las escritoras?

Este día fue instituido en 2016 por la Biblioteca Nacional de España, junto con la asociación Clásicas y Modernas, para visibilizar y reivindicar la obra de mujeres escritoras que históricamente han estado marginadas en los programas educativos, en los catálogos literarios y en la memoria cultural. La elección de la fecha no es casual, se elige el lunes más cercano al 15 de octubre, en homenaje al día del fallecimiento de Teresa de Jesús (Santa Teresa de Ávila, 1515-1582), monja, mística y escritora del siglo XVI, una de las pocas voces femeninas que logró trascender en una época en que el acceso de las mujeres a la escritura era casi inexistente. Su vida simboliza la tensión entre el silencio impuesto y la necesidad de decir: entre la obediencia religiosa y la libertad de la palabra. La elección busca conectar el pasado con la necesidad de justicia simbólica para escritoras cuyas obras han sido invisibilizadas, ocultas o subordinadas a los cánones dominados por hombres.

En pleno siglo XXI, el sentido de esta conmemoración sigue siendo urgente. Aunque los nombres de escritoras aparecen cada vez con más frecuencia en los catálogos editoriales, los premios literarios y las ferias del libro, la desigualdad estructural persiste. En 2025 se celebra la décima edición oficial del Día de las Escritoras con la designada comisaria de este año: la escritora y crítica literaria Anna Caballé. El lema de este año es: “1975: ¡Escribid, compañeras!”, recordando a las mujeres que, hace medio siglo, comenzaron a conquistar espacios públicos y culturales que hasta entonces les estaban vedados. Sin embargo, más allá de los homenajes, la pregunta sigue abierta: ¿qué lugar ocupan hoy las autoras en la literatura y en la memoria colectiva?

En Chile, el panorama refleja avances lentos pero significativos. En 2024, la poeta Elvira Hernández recibió el Premio Nacional de Literatura, convirtiéndose en la sexta mujer en obtenerlo desde su creación en 1942. Antes que ella, solo Gabriela Mistral, Marcela Paz, Isabel Allende, Diamela Eltit y Marta Brunet habían sido reconocidas. Es decir, seis mujeres en más de ochenta años de historia del galardón. Esta cifra, aunque celebrada como un hito, sigue evidenciando una brecha histórica en la valoración institucional del trabajo literario femenino. En las últimas tres décadas, solo dos mujeres —Eltit y Hernández— han sido premiadas, mientras la mayoría de los reconocimientos continúa concentrándose en autores hombres.

La industria editorial chilena también muestra luces y sombras. Según el informe del ISBN 2024, se publicaron 9.298 títulos en el país, de los cuales un 43% correspondió a obras literarias. Sin embargo, las estadísticas no permiten distinguir el género de las personas, lo que deja en la penumbra el verdadero alcance de la producción de autoras. Además, el sistema ISBN presenta falencias de transparencia y gobernanza, lo que dificulta evaluar cuántos de esos libros realmente circulan o llegan a los lectores. Lo que sí se sabe es que la Región Metropolitana concentra cerca del 77% de la producción editorial nacional, y que un 15% de los libros son autoediciones, muchas de ellas impulsadas por mujeres que deciden tomar el control de su propio proceso de publicación ante las barreras del mercado formal.

En los espacios de formación y lectura, el desequilibrio también se reproduce. Aunque la mayoría de las docentes de Lenguaje en Chile son mujeres, los planes de lectura escolar y universitarios siguen dominados por autores masculinos. El reportaje “Las mujeres escondidas de las bases curriculares del Mineduc” (2023) explora la brecha de género en torno a lo que se sigue estudiando en los colegios del país, donde solo 131 de 769 libros sugeridos están escritos por mujeres, apenas un 17% total. Mientras que quienes enseñan literatura son, en gran parte, mujeres, pero los textos que se leen y estudian provienen casi exclusivamente de hombres. Este sesgo no solo moldea la educación literaria, sino también la idea de qué voces merecen ser recordadas o canonizadas. A pesar de que el 67% de quienes estudian carreras de Letras en el país son mujeres, la presencia femenina en los programas académicos y en los circuitos críticos continúa siendo minoritaria.

La desigualdad no radica únicamente en los números, sino en los imaginarios. Aun cuando las mujeres escriben tanto como los hombres —y, según encuestas, leen incluso más—, su trabajo suele ser leído desde la excepción: “literatura femenina”, “escritura íntima”, “novela de maternidad”, “poesía del cuerpo”. Son etiquetas que, lejos de ampliar el campo literario, lo estrechan. En contraposición, las obras masculinas suelen considerarse universales, capaces de hablar “de lo humano” sin apellidos. Esa asimetría simbólica es lo que convierte el Día de la Escritora en una fecha de resistencia, no de complacencia.

Celebrar esta jornada en 2025 no es solo mirar hacia atrás, sino revisar qué prácticas actuales perpetúan la exclusión. Significa también reconocer la fuerza de las escritoras contemporáneas que están reescribiendo los límites del canon: autoras que publican desde editoriales independientes, que crean redes de lectura y comunidades digitales, que reivindican la voz colectiva frente al aislamiento. Su escritura no pide permiso, sino espacio. Y su visibilidad depende tanto de los lectores como de las instituciones culturales que deben abrirse a una mirada más plural.

Sor Teresa de Jesús, encerrada en su convento hace más de cuatro siglos, escribía en los márgenes de lo permitido. Lo hacía para existir. Hoy, las escritoras en Chile —y en toda Latinoamérica— escriben también desde esos márgenes, aunque con otras herramientas y otros públicos. Cada 15 de octubre se celebra su legado, pero también se denuncia que aún falta camino para que la literatura escrita por mujeres deje de ser un gesto de resistencia y se convierta, simplemente, en literatura.

Porque seguimos escribiendo, seguimos celebrando.

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