Trazar para recordar: el mundo de Marjane Satrapi

Trazar para recordar: el mundo de Marjane Satrapi

Hablar de Marjane Satrapi es hablar de una artista que convirtió la memoria —esa materia frágil, movediza, a veces dolorosa— en una forma de resistencia. Para muchos lectores su nombre es sinónimo de Persépolis, la novela gráfica que marcó un antes y un después en la literatura ilustrada contemporánea. Pero Satrapi es mucho más que un libro icónico: es una narradora que ha explorado múltiples lenguajes, como el del cómic al cine, de la autobiografía al retrato histórico para lograr mirar de frente lo que otros preferirían dejar a oscuras. 

Es una de las creadoras que han llegado a demostrar que la autobiografía puede ser un arma política, que el humor puede ser un refugio y que este, junto a su aparente sencillez, puede contener más verdades que el discurso político o académico. 

Su obra nos invita a mirar la historia de Irán desde dentro, desde sus casas y sus cuerpos. Nacida en Teherán en 1969, Marjane Satrapi creció en una familia politizada, lectora y progresista. Su infancia estuvo atravesada por dos momentos cruciales de la historia iraní; la caída del sha y el establecimiento de la República Islámica. Esa mezcla de disputa política, censura y represión junto a pequeños actos de desobediencia cotidiana será el territorio emocional de Persépolis. Cuando Satrapi narra la revolución desde la perspectiva de una niña —una niña que escucha a los adultos, pregunta demasiado y se reconoce incómoda en todas partes— logra desplegar una forma de testimonio que no aspira a la objetividad, sino a lo íntimo, lo hogareño, cómo se vive el país que te exige silencio cuando lo único que quieres es entender. 

Persépolis, su memoria personal y colectiva, fue publicada entre los años 2000 y 2003, desde entonces se ha convertido en una obra fundamental porque rompió dos supuestos: primero, que la novela gráfica era un género menor y que la historia reciente de Medio Oriente debía contarse desde la perspectiva occidental. Satrapi hizo lo contrario, toma la tradición del cómic francobelga, lo empuja hacia la línea más clara y expresiva y construye un relato autobiográfico que revela la vida cotidiana bajo el fundamentalismo sin caer en el exotismo ni en la victimización. Su dibujo en blanco y negro no buscaba perfección, sino contundencia emocional donde cada silueta y cada espacio en negro era parte del ritmo de la memoria. 

Lo que hace singular a Persépolis no es solo su valor testimonial, sino su mirada. Ella contó la historia desde la perspectiva de una mujer que creció ahí, cuenta el desconcierto de una niña a quien le interesaba aprender del mundo que la rodeaba. El impacto fue inmediato, hubo lecturas escolares, traducciones, adaptaciones, y debates sobre censura, identidad, migración y feminismo. Persépolis abrió una puerta por la que pronto pasarían otras autoras que usan la autobiografía gráfica como espacio político. 

En Bordados, por su parte, explora los rituales femeninos de los que se hablan en las conversaciones de sobremesa que se hacen alrededor de la ceremonia del té. Desde aquí se cuenta lo que las mujeres comparten, sus secretos sin ninguna censura, sus miedos y estrategias para sobrevivir al patriarcado con el que conviven día a día. Es un libro más ligero en apariencia, pero igual de punzante en lo que logra revelar, pues encuentran aquí sus impresiones sobre el matrimonio, sexualidad, tradiciones y por supuesto, el placer.

La autora convierte esas conversaciones, cargadas de ironía y sabiduría popular, en una coreografía de voces femeninas. Aquí no hay solemnidad, lo que hay es un espacio seguro donde las mujeres se entienden entre sí, donde el humor se vive y ayuda a resistir. 

En Pollo con ciruelas, cambia de registro, abandona el tono autobiográfico para sumergirse en la ficción basada en un hecho familiar. Cuenta la historia de Nasser Ali Khan, un músico que, tras perder su instrumento favorito, decide dejarse morir. Esa pérdida irreparable es lo que mueve la narración de este cómic. Aquí el dibujo es musical, más atmosférico, en un Irán de 1958 que conocemos a través de los recuerdos y memorias de la niñez y juventud de Nasser Alí, junto con su vida de casado previa a la rotura del Tar, y también de la vida de su familia después de él, relatándonos el futuro tanto de su hija favorita como de su hijo menos querido. 

La narración avanza como un cuento persa, con saltos en el tiempo y una sensibilidad casi cinematográfica. Es una historia sobre cómo una sola herida puede reconfigurar toda una existencia. Esto la hace una obra profundamente melancólica. Y logra explorar temas como el amor, arte y los momentos de renuncias que marcan una vida.

Su salto al cine fue una extensión natural de su mirada narrativa. Codirigió Persépolis en formato animado, premiado en Cannes, y más tarde dirigió The Voices y Radioactive, donde abordó la vida de Marie Curie. En todos los casos, Satrapi mantiene su sello: contar vidas complejas sin quitarles humor, humanidad ni contradicciones.

Su narración es profundamente sensible y siempre logra remover emociones. Su título más reciente es también el más colectivo. Mujer, vida, libertad surge del movimiento iniciado tras el asesinato de Jina Mahsa Amini en 2022, cuando miles de mujeres iraníes salieron a las calles para protestar contra el régimen. Este libro no es una obra en solitario, sino un proyecto colaborativo de artistas gráficos que Satrapi impulsó y coordinó. Su objetivo era contar al mundo lo que los medios censuran y ofrecer un testimonio artístico y político de una revolución que sigue en marcha. Aquí su trazo se mezcla con el de otras voces, reforzando la idea de que la resistencia es siempre comunitaria.

Mujer, vida, libertad dialoga con Persépolis, pero desde el presente, lo que en su infancia fue miedo y silencio, hoy se convierte en una marea de mujeres que reclaman su vida y su libertad. 

Lo que distingue a Satrapi es su forma de trabajar con la memoria como si fuera una casa llena de habitaciones luminosas y rincones peligrosos. Sus historias hablan de exilio, identidad, violencia y deseo, pero también de amistad, absurdos cotidianos y del derecho a equivocarse. Ella insiste en que contar historias es un acto político, incluso cuando parecen pequeñas. “El humor es mi arma”, ha dicho. Y es totalmente verdadero, su humor no suaviza el horror, pero permite mirarlo sin paralizarnos.

Porque su obra recuerda que la libertad no es una abstracción, esta se siente en el cuerpo, en la educación, en la ropa que elegimos, en las historias que podemos contar. Satrapi nos habla desde un lugar concreto —la revolución iraní, el exilio en Europa, el choque entre culturas— pero sus preguntas son universales: ¿cómo se crece en un mundo que intenta domesticarte?, ¿cómo se narra lo que duele?, ¿cómo se recuerda sin convertir la memoria en una jaula?

Leerla hoy es también entender que la novela gráfica puede ser tan incisiva como un ensayo político y tan conmovedora como una novela de formación. Marjane Satrapi abrió ese camino, y lo sigue recorriendo con una libertad feroz. 

 

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