San Valentín sin azúcar

San Valentín sin azúcar

San Valentín suele pedirnos una historia clara: dos personas, una promesa, un futuro más o menos ordenado. Pero hay otros amores —más incómodos, más reales— que no encajan en ese molde. Amores que no salvan, que no curan, que incluso no se dicen en voz alta. Amores que te acompañan por períodos cortos de tiempo, o que atraviesan solamente heridas del pasado. Este 14 de febrero queremos leer esos vínculos: los que no se celebran con flores, pero que aún así nos han dejado marcas.


Amor y cuerpo

Hay amores que no se piensan: se encarnan. No avanzan como relato, sino como experiencia física, como deseo que muta, como identidad en movimiento. El cuerpo no es aquí un soporte neutro, sino el lugar donde el amor cambia de forma, de nombre y de posibilidad.


En Orlando de Virginia Woolf, el amor atraviesa más de trescientos años y múltiples cuerpos. Orlando ama como hombre y como mujer, ama en distintos siglos, en distintas lenguas afectivas. No hay una promesa de estabilidad, sino una pregunta constante por el deseo: ¿qué ama el cuerpo cuando el tiempo y el género se desplazan? Woolf imagina un amor que no fija identidad ni destino, un amor que se transforma junto al cuerpo que lo siente.


Amor y violencia

No todos los vínculos que se llaman amor son refugio. Algunos son jaula. En los libros que exploran este tema el afecto convive con la opresión, con la asfixia cotidiana, con una violencia que no siempre es explícita, pero sí constante.

El despertar de Kate Chopin pone en escena a Edna Pontellier, una mujer que descubre —tarde y con consecuencias— que el matrimonio y el amor romántico pueden ser formas elegantes de anulación. El amor, aquí, no salva: despierta. Y ese despertar tiene un costo. Chopin escribe una novela incómoda, donde el deseo de libertad choca frontalmente con las expectativas sociales y afectivas impuestas a las mujeres.


Amor y silencio

Hay amores que existen casi exclusivamente en lo que no se dice. Vínculos sostenidos por cartas, por pensamientos que no llegan a pronunciarse, por una intimidad que no se traduce en actos claros. El silencio puede ser cuidado, pero también distancia; puede ser escucha o agotamiento.

En Dónde estás, mundo bello de Sally Rooney, el amor aparece de diferentes maneras, una de ellas es atravesado por la dificultad de decir, por la conciencia de clase, por la culpa, por el cansancio emocional. Los personajes se aman mientras dudan, mientras escriben largos correos que intentan explicar lo que la voz no logra. Es un amor lleno de pensamiento y, a la vez, de silencios que pesan.


Amor y hogar (o lo que creemos que debería serlo)

No todos los amores se juegan en el deseo o en el silencio.
Algunos se tensan en la idea de casa: en las familias, en las expectativas heredadas, en lo que “debería” ser una vida en común.

En Casa de alquiler de Weike Wang, el amor no se rompe, pero tampoco descansa. Keru y Nate están juntos, se eligen, y aun así deben cargar con el peso de dos mundos familiares que chocan, incomodan y exigen. El vínculo se pone a prueba en lo cotidiano: visitas, conversaciones incómodas, silencios que no se saben resolver.

Este San Valentín no proponemos aprender a amar mejor, ni encontrar el libro que prometa finales felices. Proponemos leer con honestidad. Leer amores que incomodan, que no encajan, que no se resuelven. Amores que pasan por el cuerpo, por el daño, por el silencio o por la imposibilidad de nombrarlos.

Porque la literatura no está para enseñarnos cómo debería ser el amor, sino para acompañarnos cuando el amor no es como nos dijeron. Y quizá ahí, en esas historias sin promesa, sin celebración evidente, sin corazones rojos, encontremos algo más cercano a la experiencia real: una forma de reconocernos.

 

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