Olga Tokarczuk: leer como quien se pierde
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Hay escritoras que no se leen para avanzar en una historia, sino para cambiar la forma en que miramos el mundo. Olga Tokarczuk es una de ellas. Hoy 29 de enero, su cumpleaños, más que una celebración puntual, tenemos la excusa de volver a una obra que piensa la literatura como un territorio vivo, móvil, plural, incómodo para los centros y profundamente hospitalario para lo extraño.
Nacida en Polonia en 1962, formada como psicóloga, Tokarczuk ha construido una obra que dialoga con la historia, el mito, la filosofía y el viaje, siempre desde una mirada crítica a las narrativas dominantes. En 2018 recibió el Premio Nobel de Literatura por una imaginación narrativa que “con pasión enciclopédica representa el cruce de fronteras como forma de vida”. Esa frase en sí misma es casi una poética y resume muy bien lo que es la escritura de esta autora tan importante.
Con ella aceptamos que la novela no tiene por qué avanzar en línea recta. Sus libros se componen de fragmentos, voces, desvíos, tiempos superpuestos. No buscan explicar el mundo, sino conectarlo. Hay cuerpos en tránsito, territorios en disputa, comunidades que se forman y se deshacen. Y siempre una pregunta de fondo: ¿quién cuenta la historia y desde dónde?
Por eso, leerla pide un pequeño ajuste de expectativas. No es una autora para el apuro ni para la lectura utilitaria. Funciona mejor cuando una se permite errar —en el doble sentido de equivocarse y de vagar—, subrayar sin saber bien por qué, dejar que una imagen resuene varias páginas después. No hace falta entenderlo todo pues la autora confía en la inteligencia sensible de quien lee.
Si estás pensando por dónde empezar, hay varios caminos posibles, según el ánimo lector, y cada uno revela una faceta distinta de su obra.
Un lugar llamado Antaño se construye como una novela coral que sigue la vida de un pequeño pueblo a lo largo de varias generaciones. El tiempo no avanza de manera lineal: se pliega, retrocede, se repite. Lo mítico convive con lo cotidiano, los vivos con los muertos, y el paisaje tiene casi el mismo peso que los personajes. Es un libro que observa cómo la historia —con mayúscula— atraviesa las vidas mínimas, y cómo una comunidad se transforma sin dejar de ser ella misma.
Los errantes propone una experiencia completamente distinta. No hay una trama única, sino una constelación de fragmentos: relatos breves, reflexiones ensayísticas, historias de viajeros, anatomistas, migrantes y cuerpos en movimiento. El viaje no es solo geográfico, sino mental y físico. Es un libro sobre el desplazamiento, la inestabilidad y la imposibilidad de quedarse quietos, ideal para entender la poética errante de Tokarczuk.
Tierra de empusas se mueve en un registro más oscuro e irónico. Ambientada en un sanatorio de montaña a comienzos del siglo XX, la novela reúne a un grupo de hombres que discuten ideas sobre el cuerpo, la enfermedad, la naturaleza y —sobre todo— las mujeres. A través de una reescritura crítica del canon y de ciertos discursos masculinos, Tokarczuk construye una novela inquietante, política y provocadora, donde lo fantástico y lo grotesco acechan constantemente.
Los libros de Jacob es su proyecto más ambicioso. Una novela histórica monumental que sigue la figura de Jacob Frank, líder religioso herético del siglo XVIII, y el amplio entramado de voces, documentos y comunidades que lo rodean. Más que una biografía, es una exploración del fanatismo, la fe, el poder y la identidad en una Europa atravesada por fronteras culturales y religiosas. Es un libro exigente, pero profundamente absorbente, un viaje largo que recompensa la paciencia del lector.
Leer a Olga Tokarczuk es, en el fondo, aceptar que la literatura puede ser una forma de hospitalidad: para lo marginal, lo ambiguo, lo que no encaja del todo. En su cumpleaños, la mejor manera de celebrarla es esa: abrir uno de sus libros y dejarse llevar. Volver distinta.
Feliz lectura.