Mes del libro: Lo que cabe en un libro

Mes del libro: Lo que cabe en un libro

¿Recuerdan esos años donde leíamos libros sin tener un total de cuántos habíamos leído a fin de año?  

Leer no siempre fue algo que se contara ni que se midiera. No se hablaba de metas mensuales, ni de listas que había que completar antes de cierta fecha, pues la lectura ocurría de otra forma, más desordenada, más íntima, incluso más silenciosa. A veces un libro podía quedarse semanas en el velador con el marcapáginas en el mismo lugar, avanzar lento no era cuestionable, ni la relectura se veía como una pérdida de tiempo. 

El único apuro que había relacionado a la lectura era cuando en la etapa escolar tenías que terminar el libro antes de la prueba. 

Hoy, en cambio, la lectura se siente como otra cosa donde hay que cumplir. Leer parece haber entrado a la misma lógica que organiza el resto de nuestras vidas. Medimos, registramos, acumulamos. Hay aplicaciones que cuentan páginas, desafíos que fijan objetivos clave, videos que enseñan a leer más rápido, como si en la velocidad hubiera una promesa de plenitud. Como si leer más fuera necesariamente mejor.

Se habla cada mes más de la “culpa lectora” por no estar leyendo en cada minuto libre que tenemos entre el trabajo, estudios, quehaceres del hogar, relaciones, aficiones, etc. Y sin embargo, algo ahí no termina de encajar.

Un libro, en su forma más simple, sí es medible: tiene páginas, capítulos, un inicio y un final. Pero la experiencia de leerlo no. Lo que un libro hace —o desata— en quien lo lee no responde a ninguna cifra. No hay forma de cuantificar cuánto dura una frase después de haber sido leída, ni cuántas veces vuelve, ni en qué momento exacto empieza a afectar.

Hay libros que se leen en pocos días y se olvidan con la misma rapidez. Y hay otros que avanzan lento, a veces incluso con dificultad, pero que dejan algo abierto, algo que no termina de cerrarse cuando se llega a la última página. No necesariamente porque sean más complejos, sino porque logran tocar una zona donde no sentirás todo de inmediato, que no se deja capturar del todo.

Quizás por eso la idea de “leer más” resulta, a ratos, tan insuficiente.

Leer no es acumular libros leídos. Es entrar en una experiencia cuya medida no coincide con el tiempo que toma terminarla. Es también quedarse, demorarse, incluso perderse un poco. Hay algo en la lectura que requiere esa disponibilidad: la posibilidad de no avanzar, de volver atrás, de detenerse sin culpa.

El problema es que ese tipo de relación con los libros hoy parece sospechosa. Como si leer lento o poco fuera una falla. Como si no completar una lista fuera quedarse atrás. 

Pero ¿atrás de qué?

La pregunta se vuelve inevitable cuando recordamos que la lectura, en su sentido más profundo, no fue pensada como un rendimiento. 

Hay algo en cómo Mariana Enriquez piensa la lectura que resulta muy iluminador en este contexto; leer como una forma de estar en el mundo. Ha explorado esta idea en diferentes entrevistas y artículos, el ver la lectura no como hábito que se incorpora –como quien suma una rutina más– ni como consumo que se puede optimizar, sino como una manera de posicionarse frente a lo real. 

Estar leyendo es entrar en una disposición particular, una atención más profunda, más lenta, más disponible ante el mundo que nos rodea. Una forma de experiencia que no busca resultados inmediatos, sino que nos dejemos afectar por ella. 

Esta experiencia no siempre es clara ni ordenada. A veces es muy confusa, incómoda incluso, dispersa también. Hay libros que no entendemos del todo, pero que igual nos encantan. Y justamente de esos te queremos recomendar el día de hoy para empezar el mes del libro. Para buscar desde hoy esos libros que no nos dan simplemente una historia, sino que nos muestran todo lo que cabe en ellos. 

El optimista de E. M. Delafield 

Esta novela sigue a Owen Quentillian, un escritor, que tras la guerra, regresa a la casa de su antiguo tutor y su armonía familiar –que es sostenida por un optimismo muy rígido– empieza a resquebrajarse con su presencia. Esta novela se enfoca más en cómo ocurren los eventos, en las tensiones y los gestos, con una ironía sutil que nos recuerda a Jane Austen. Es un libro que pide desacelerar para percibir mejor. 

Cometierra de Dolores Reyes 

Aquí seguimos a una niña que descubre que al comer tierra puede ver lo que les ocurrió a personas en el pasado, de su familia y de personas desaparecidas, en un contexto de violencia y de la ausencia. Pero más que en una trama y su avance esta novela se sostiene en una voz directa, casi hipnótica, que queda resonando y pide una lectura atenta a sus silencios, a lo que se insinúa, pero no se dice del todo. 

Casa de alquiler de Weike Wang

En esta historia, aparentemente muy cotidiana (unas vacaciones familiares en una casa arrendada), surgen tensiones y desencuentros que indagarán en las dinámicas de los personajes de una forma muy magistral. La novela avanza desde lo cotidiano sin giros sorpresivos, pero es justamente ahí donde se vuelve interesante, en esa incomodidad sostenida que nos da una observación muy fina de los vínculos. 

Los libros de Jacob de Olga Tokarczuk

Esta novela propone una experiencia radicalmente profunda y distinta, una novela extensa, coral, que sigue a Jacob Frank y su comunidad del siglo XVIII. No es un libro para avanzar rápido ni para terminar en un mes, sino para habitar. Su estructura fragmentaria con múltiples voces nos obligan a leer con pausas, teniendo que volver sobre la página, aceptando así que nos podemos perder entre la historia

Estas lecturas resisten a cualquier lógica productiva y justamente por eso abren un espacio más profundo, más amplio donde la experiencia de la lectura importa más que el progreso.

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1 comentario

Me encantó la columna. Esta parte me parece clave: “Leer no es acumular libros leídos. Es entrar en una experiencia cuya medida no coincide con el tiempo que toma terminarla. Es también quedarse, demorarse, incluso perderse un poco. Hay algo en la lectura que requiere esa disponibilidad”

Jorge

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