Los libros que una relee distinto a los 30

Los libros que una relee distinto a los 30

por Sabka Castillo Rojas

Durante mucho tiempo pensé que la relectura era un ejercicio innecesario. Como si volver a un libro significara que no estaba avanzando, pues esa experiencia lectora ya había terminado, se había archivado en algún rincón de la memoria mientras avanzaba hacia el próximo. Vivimos rodeadas de novedades, listas infinitas y libros pendientes, como si leer siempre tuviese que significar avanzar. 

Pero con los años empecé a volver cada vez más a ciertos libros y la relectura cambió de significado, ahora lo veo como una instancia profundamente hermosa precisamente porque interrumpe esa lógica. A veces conscientemente, otras casi por reflejo. Hay textos a los que recurro cuando estoy cansada, sobreestimulada o simplemente cuando siento que el mundo va muy rápido –y muy ruidoso–. Creo que desde esa experiencia entendí algo importante; releer no siempre tiene que ver con la nostalgia, a veces responde a la búsqueda de un espacio conocido que se pueda habitar en tranquilidad. 

Volver a un libro es aceptar que una lectura nunca queda completamente cerrada, que las historias no permanecen intactas y que una tampoco. Hay algo casi extraño en descubrir que ciertas citas ahora significan otra cosa, me he encontrado subrayando frases completamente distintas a las que había marcado años atrás. A veces incluso siento ternura –o hasta un poco de cringe– por la persona que fui cuando leí ese libro por primera vez. Como si aquella lectura guardara una versión antigua de mí entre sus páginas. Esta experiencia también puede ser bastante incómoda. Una descubre cuánto cambió. O cuánto no. Frases que pasaron desapercibidas a los veinte y que, diez años después, parecen escritas exactamente para una.

Quizás crecer también consiste en descubrir que los libros nunca estuvieron quietos. Éramos nosotras las que todavía no pillaban ciertas imágenes, que nos perdíamos ciertas señales o que no nos deteníamos en una metáfora lo suficiente porque todavía no teníamos cómo habitarlas. Así nos podríamos encontrar con una lectura más atenta, con los cimientos de la lectura anterior, pero donde se puede crear igualmente nuevos caminos. 

A los veinte, muchas lecturas se viven desde la intensidad. Una búsqueda de identificación, historias vertiginosas que nos den una revelación. Nos preguntamos sobre amistades, deseos, cómo funcionan las cosas en la sociedad. Más adelante empiezan a aparecer otras preguntas en torno a estos y otros temas, como qué significa el trabajo en el que llevo casi una década, qué vínculos estoy priorizando, la maternidad, la casa, el cansancio, el miedo a repetir ciertas dinámicas familiares. La lectura aquí busca menos aspiraciones y más cercanía a una conversación interna. 

Por eso algunos libros se transforman por completo con el tiempo.

Con mi primera lectura de Frankenstein, por ejemplo, recuerdo que me quedé con la dimensión más gótica o fantástica de la historia, el monstruo, qué significa su creación, el horror de los acontecimientos. Pero volver a él años después me permitió notar algo mucho más doloroso, la herida que deja el padre, la soledad radical de aquello que no encuentra lugar en el mundo, el abandono afectivo, la responsabilidad que implica crear algo —o a alguien— y luego no saber sostenerlo. Quizás por eso este es un libro que envejece tan bien, porque deja de sentirse como una novela sobre monstruos y empieza a parecer una novela profundamente humana. 

Con Dientes blancos me ocurrió algo distinto. En una primera lectura deslumbra su energía, el humor, me sorprendió la cantidad de personajes y las distintas voces que convivían en la novela. Pero al releerla me detuve en las tensiones familiares, en las herencias culturales y en la forma en que cada personaje intenta construir una identidad propia mientras carga con generaciones enteras detrás. Hay algo muy conmovedor en cómo Zadie Smith escribe el caos de intentar convertirse en una persona.

En Kitchen, la relectura me permitió ver y apreciar más los silencios de la novela. Cuando una lo lee más joven, es fácil quedar atrapada por la atmósfera cálida y extraña del libro; al visitarlo de nuevo, sentí con más fuerza el duelo que atraviesa cada escena, la manera delicada en que Yoshimoto escribe la pérdida y la intimidad cotidiana como formas de supervivencia. Es de estos libros que parecen pequeños hasta que una descubre todo lo que contienen.

Algo parecido me sucedió con Pura pasión. Un libro que he leído tres veces y que en cada momento me ha resonado desde diferentes hilos. Puede parecer a simple vista una obsesión amorosa o una confesión muy incómoda, muy vulnerable, pero releída más tarde destaca la precisión con que Ernaux registra el deseo —sin intentar embellecerlo ni justificarlo— y revela la vulnerabilidad, la humillación, la forma en que el amor puede alterar por completo la percepción del tiempo y de una misma. Ernaux escribe el deseo casi como un archivo emocional. 

En Sistema nervioso, por otro lado, mi primera lectura fue en pleno pregrado con un ensayo que debía entregar en pocos días sobre la autora y dos de sus libros, así que la lectura fue mucho más rápida y recuerdo la ansiedad y el colapso constante que viven sus personajes. Pero cuando volví a sus páginas percibí con más claridad cómo Lina Meruane convierte el cuerpo en una especie de archivo emocional y político, ese lugar donde se acumulan el miedo, el cansancio, las crisis familiares y también las incertidumbres de una época completa. Hay novelas que, a pesar de ser dolorosamente reales, tienes que leer nuevamente y sentir con ellas. 

Al leer por primera vez La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres, quizás una se concentre más en las referencias artísticas, filosóficas o culturales. Pero volver a estos ensayos años después permite apreciar cómo la autora entrelaza pensamiento y experiencia personal sin separar nunca inteligencia y sensibilidad. Hay algo muy poderoso en esa manera de pensar desde el cuerpo, desde la memoria y desde la mirada de una mujer que observa el mundo sabiendo que también está siendo observada por él. 

En el caso de Apegos feroces, tenemos una historia mucho más emocional, que en una  primera lectura puede sentirse marcada por la intensidad de la relación entre madre e hija, por los diálogos cortantes y por la frontalidad de todo el asunto, con la dependencia emocional y el deseo de autonomía. Al revisitar este libro noté algo todavía más complejo, cómo ciertas relaciones moldean nuestra forma de mirar el amor, el trabajo, la feminidad e incluso la propia identidad. Releerlo también implica reconocer que algunas preguntas nunca se resuelven del todo, simplemente aprendemos a convivir con ellas de otra manera.

Y, cómo no, tenía que mencionar la relectura de autoras clásicas como Jane Austen. Emma me encontró en una lectura escolar, cuando tenía 16 años, y en esa primera lectura una se queda con el encanto de la protagonista, los malentendidos románticos y el humor social que nos presenta la autora con su necesidad de intervenir en la vida de los demás. Pero al entrar nuevamente en esta historia años después, se vuelven mucho más visibles las inseguridades de Emma y la comodidad desde la que mira el mundo. Lo fascinante es que Austen construye un personaje profundamente imperfecto sin dejar de hacerlo entrañable. Con el tiempo, la novela deja de sentirse solo como una comedia romántica y empieza a revelar algo más incómodo y humano: lo difícil que es conocerse realmente a una misma. Y, como en todas sus novelas, la casa, las mudanzas y toda esa incertidumbre en torno a la vivienda de las mujeres, aparece circundante.

Quizás por eso hay libros que parecen crecer junto a una. No porque cambien realmente, sino porque empiezan a dialogar con experiencias que antes no teníamos, sobre vínculos familiares más complejos, duelos, decepciones amorosas, preguntas sobre identidad, intimidad o autonomía. Releer se vuelve entonces menos un gesto de nostalgia y más una forma de medir quiénes hemos sido entre una lectura y otra. 

Tal vez esa sea una de las cosas más hermosas de la literatura: que algunos libros no llegan del todo cuando los abrimos por primera vez, sino años después, cuando la vida finalmente nos da el lenguaje para entenderlos. 

Eso sí, tengo que advertir que es un ejercicio peligroso, ya que no siempre se confirma el amor por un libro. A veces lo rompe, hay novelas que admiramos en una etapa y que hoy volvemos y se sienten superficiales. Otras que antes parecían letras y ahora conmueven precisamente por su ritmo más lento, más contemplativo. Con el tiempo, una aprende a valorar cosas distintas, y eso puede significar diferentes cosas para tu relectura, así que hay que proseguir con precaución.

Y tal vez esa sea una de las formas más extrañas —y más deslumbrante— que tiene la literatura de acompañar una vida: no diciendo siempre lo mismo, sino cambiando junto a quien lee. Hay libros que una termina y sabe perfectamente que necesitarás volver a ellos algún día. No necesariamente por alguna dificultad en particular, sino porque dejan la sensación de que todavía queda algo latiendo debajo de la primera lectura. 

Eso ha pasado últimamente con Las otras de Alia Trabucco Zerán, un libro de ensayos que tiene muchas capas que una alcanza apenas a rozar, las tensiones entre el lenguaje, la intimidad y la violencia crean líneas intensas que quedan vibrando mucho después de cerrar el libro. También con Cómo pronunciar cuchillo, cuyos cuentos parecen simples en la superficie, con los que una incluso se ríe, pero que esconden una precisión emocional que te pega, pero que probablemente se transforma por completo con los años y por diferentes experiencias. Y definitivamente con El perro tiene tres patas, que al cerrar sus páginas quise volver a abrirlo para sentir y encontrarme nuevamente con esa ternura extraña y devastadora que lo atraviesa. Hay textos que una relee buscando respuestas; otros, simplemente, para volver a habitar una sensibilidad.

Tal vez releer no tenga tanto que ver con volver al pasado, sino con descubrir cómo un mismo libro puede seguir creciendo dentro de una misma vida. Hay textos que a los veinte hablan de deseo; a los treinta, de miedo; y más adelante, quizás, de intimidad o de compañía. La historia permanece inmóvil sobre la página, pero una vuelve con otro cuerpo, otra memoria, y otras formas de mirar y nombrar las cosas. Y entonces la lectura cambia, como cambia la sombra sobre una habitación familiar. 

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