Leer en la infancia: un derecho, una herramienta y una forma de imaginar futuros.
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Cada Día de la Niñez solemos preguntarnos cómo celebrar a quienes están comenzando a descubrir el mundo. Pensamos en juguetes, panoramas, dulces o experiencias compartidas en familia. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar que uno de los regalos más valiosos que podemos ofrecerles no se agota en una tarde ni queda olvidado en un cajón con el paso de los meses. Un libro tiene la capacidad de acompañar durante años; se puede convertir en refugio y en compañía, también en el punto de partida de una curiosidad que nunca se extinguirá. Pero hablar de lectura en la infancia exige ir más allá de la imagen romántica del libro como un buen regalo. Si la literatura participa activamente en la manera en que las infancias comprenden el mundo, entonces también debemos preguntarnos qué historias ponemos en sus manos. ¿Qué ocurre cuando los libros que leen reproducen siempre los mismos modelos de familia, de género, de éxito o de identidad? ¿Qué posibilidades se abren cuando, en cambio, encuentran personajes diversos, voces antes silenciadas y maneras distintas de habitar la realidad?
La afirmación de que "los libros cambian vidas" encierra una verdad, pero resulta insuficiente para comprender la dimensión del problema. Promover la lectura no consiste únicamente en incentivar un hábito ni en mejorar el desempeño escolar. Significa garantizar el acceso a una herramienta fundamental para el desarrollo cognitivo, emocional y social de las infancias. Significa reconocer que la posibilidad de escuchar historias, imaginar otros mundos y encontrar palabras para nombrar la realidad forma parte de su derecho a crecer en condiciones que favorezcan el desarrollo pleno de sus capacidades.
No es casual que la Convención sobre los Derechos del Niño de las Naciones Unidas reconozca el derecho de las infancias a acceder a la cultura, la información y las expresiones artísticas. Porque leer no es un lujo, no debe estar reservado a unos pocos, ni ser un premio por obtener buenas notas; este constituye una forma de ejercer ese derecho. En una sociedad profundamente desigual, donde el acceso a los bienes culturales continúa dependiendo muchas veces del nivel socioeconómico de las familias, garantizar el encuentro temprano con los libros también es una manera de reducir brechas y ampliar oportunidades.
Esta idea adquiere aún más relevancia si observamos el escenario mundial. La llamada "crisis del aprendizaje" preocupa desde hace varios años a organismos internacionales. Según datos recopilados por UNICEF, alrededor de 617 millones de niñas, niños y adolescentes en el mundo no alcanzan los niveles mínimos de competencia en lectura y matemáticas, a pesar de que cerca de dos tercios de ellos asisten a la escuela. La cifra resulta alarmante porque demuestra que la escolarización, por sí sola, no garantiza el aprendizaje. Asistir a clases no basta si no existen condiciones que favorezcan el desarrollo del lenguaje, la comprensión y el pensamiento crítico desde los primeros años de vida.
La UNESCO advierte además que, si no se fortalecen las políticas de atención y educación durante la primera infancia, más de un tercio de las niñeces del mundo podría no alcanzar niveles básicos de comprensión lectora hacia el año 2030. Esta situación tiene consecuencias que trascienden el ámbito educativo. Comprender un texto es la puerta de entrada para aprender de todas las ramas; historia, ciencias, matemáticas, filosofía, educación cívica y más. Quien no logra comprender lo que lee encuentra mayores dificultades para continuar aprendiendo en cualquier otra disciplina.
Durante mucho tiempo se pensó que la lectura comenzaba cuando un niño aprendía a reconocer letras y a unir sílabas. Hoy sabemos que ese proceso empieza mucho antes. Comienza cuando una persona adulta canta una canción de cuna, describe las imágenes de un libro de tela, responde a las preguntas que surgen durante un cuento o convierte la lectura en un momento cotidiano de encuentro. Antes incluso de poder descifrar las palabras impresas, las infancias ya están aprendiendo que los libros contienen historias, emociones y conocimientos que merecen ser compartidos.
En este sentido, UNICEF recuerda que leer con las niñeces desde los primeros meses de vida fortalece simultáneamente el desarrollo del lenguaje, la memoria, la atención y los vínculos afectivos. La lectura en voz alta no solo expone al cerebro infantil a una mayor riqueza de palabras, sino que también genera espacios de interacción donde aparecen preguntas, conversaciones y momentos de afecto que contribuyen al desarrollo socioemocional. En otras palabras, el valor de leer juntos no reside únicamente en el contenido del libro, sino en la relación que se construye alrededor de él.
Esta dimensión afectiva suele quedar relegada cuando hablamos de políticas de lectura. Con frecuencia justificamos la importancia de los libros porque ayudan a obtener mejores resultados académicos o porque incrementan el vocabulario. Todo eso es cierto, pero la lectura también permite construir algo mucho más difícil de medir: la capacidad de comprender a los demás. Escuchar una historia implica ponerse, aunque sea por unos minutos, en el lugar de otro personaje, intentar entender sus decisiones, acompañar sus conflictos y reconocer emociones que quizá todavía no hemos experimentado. Es un ejercicio permanente de imaginación y de empatía.
No es casual que Martha Nussbaum, filósofa estadounidense y una de las principales defensoras del papel de las humanidades en la educación, haya sostenido que las democracias necesitan ciudadanos capaces de imaginar la vida de otras personas. En Sin fines de lucro. Por qué la democracia necesita de las humanidades, argumenta que la literatura, el arte y la filosofía desarrollan la imaginación narrativa: la capacidad de ponerse en el lugar del otro y comprender experiencias diferentes a la propia. Ella advierte que sin esa imaginación la democracia corre el riesgo de reducirse a un sistema político incapaz de reconocer la humanidad de quienes permanecen al margen.
Una reflexión complementaria aparece en la obra de bell hooks. En Enseñar comunidad. Una pedagogía de la esperanza, la autora propone entender la educación como una práctica de libertad que solo adquiere sentido cuando se construye desde el cuidado, el diálogo y la comunidad. hooks recuerda que aprender nunca es un acto aislado: ocurre en relación con otras personas, con nuestras experiencias y con las historias que heredamos. Desde esa perspectiva, la lectura deja de ser únicamente una competencia escolar para convertirse en una herramienta capaz de fortalecer vínculos, ampliar la mirada sobre el mundo y cuestionar las estructuras de dominación que aprendemos casi sin darnos cuenta. La autora insiste en que toda experiencia educativa puede reproducir las desigualdades existentes o abrir posibilidades de transformación; esa decisión depende, en gran medida, de las preguntas que somos capaces de hacernos y de las voces que permitimos entrar en la conversación.
Cada conversación que surge a partir de una ilustración, cada pregunta inesperada sobre un personaje o cada relectura de un cuento favorito constituye una experiencia de aprendizaje que difícilmente podría reemplazarse mediante ejercicios escolares. Esta dimensión resulta especialmente relevante en una época donde el acceso a la información suele confundirse con la comprensión de la realidad. Saber muchas cosas no implica necesariamente comprender a otras personas. La literatura, en cambio, desacelera el ritmo de consumo de información y nos invita a permanecer durante horas en la conciencia de un personaje, acompañando sus dudas, contradicciones y transformaciones. Esa permanencia desarrolla una disposición que rara vez se enseña en la escuela: la capacidad de escuchar antes de juzgar.
Por eso la lectura constituye también una forma de educación democrática. Una sociedad no se sostiene únicamente sobre leyes e instituciones; necesita ciudadanos capaces de reconocer la dignidad de quienes piensan distinto, dialogar con perspectivas diversas y aceptar la complejidad del mundo. La literatura no garantiza esas capacidades, pero sí ofrece un terreno fértil para cultivarlas desde edades tempranas.
Y precisamente porque la literatura participa en la construcción de nuestra manera de comprender el mundo, surge una pregunta que rara vez nos hacemos: si los libros ayudan a formar la mirada con que las infancias interpretan la realidad, ¿qué ocurre cuando las historias que ponemos en sus manos reproducen siempre los mismos modelos? ¿Qué pasa cuando solo algunos personajes pueden ser protagonistas, cuando determinadas voces quedan fuera de las bibliotecas o cuando ciertas experiencias parecen no merecer ser contadas? La respuesta a esas preguntas nos obliga a mirar la lectura desde otra perspectiva: no solo como una herramienta para aprender, sino también como un espacio donde se construyen imaginarios, identidades y formas de convivencia.
¿Qué historias ponemos en manos de la infancia?
Si los libros contribuyen a formar nuestra imaginación moral, entonces la pregunta deja de ser únicamente cuánto leen las infancias. También importa qué leen y, sobre todo, qué mundos encuentran representados en esas historias.
Durante siglos, gran parte de la literatura infantil reprodujo una visión bastante restringida de la sociedad. Las niñas aparecían asociadas al cuidado, la delicadeza o la espera; los niños protagonizaban las aventuras, exploraban territorios desconocidos y resolvían los conflictos. Las madres permanecían en el espacio doméstico, mientras los padres ocupaban el mundo exterior. Incluso cuando estos relatos buscaban transmitir valores positivos, lo hacían muchas veces a partir de modelos rígidos sobre qué significaba ser mujer u hombre.
Sería injusto afirmar que toda la literatura infantil clásica responde a ese esquema. Existen obras extraordinarias que continúan dialogando con lectores de todas las edades. Sin embargo, resulta innegable que el canon heredó los prejuicios de las sociedades en que fue escrito. Los libros también son documentos culturales y como tales reflejan las ideas, las jerarquías, los estereotipos y las limitaciones de su tiempo.
Durante las últimas décadas, autoras, ilustradoras, editoriales y mediadores de lectura han trabajado activamente para ampliar ese horizonte. Hoy encontramos álbumes ilustrados donde las niñas pueden ser científicas, exploradoras, futbolistas o piratas, donde se escapa de los binarismos de géneros, donde las niñeces cuidan, expresan afecto o atraviesan procesos de duelo sin que ello cuestione su identidad, donde existen familias diversas, distintos modos de habitar el mundo y protagonistas que antes permanecían invisibles.
Hablar de perspectiva de género en literatura infantil no significa reemplazar un estereotipo por otro ni convertir cada libro en una lección moral. Significa reconocer que todas las infancias merecen encontrarse con historias suficientemente amplias para imaginar múltiples formas de ser. Una biblioteca verdaderamente diversa permite que cada persona lectora encuentre personajes con quienes identificarse, pero también personajes profundamente distintos de sí mismes. Ambas experiencias son necesarias. La primera fortalece el sentido de pertenencia; la segunda desarrolla la empatía.
La representación importa porque los libros participan en la construcción de nuestras expectativas sobre el mundo. Una niña que crece leyendo únicamente historias donde las mujeres ocupan roles secundarios recibe, aunque nadie se lo diga explícitamente, un mensaje sobre el lugar que le corresponde. Del mismo modo, un niño que nunca encuentra personajes masculinos sensibles, cuidadosos o vulnerables puede aprender que determinadas emociones no le pertenecen. Y las infancias que no se sienten conformes con su cuerpo no saben si hay más posibilidades si no las encuentra en lo que se le va presentando del mundo. La literatura no determina nuestra identidad, pero contribuye a modelar el horizonte de posibilidades que imaginamos para nosotros y para los demás.
Leer escritoras también transforma el canon de la infancia
En Autoras librería creemos que esta conversación incluye otra dimensión igualmente importante: quiénes escriben las historias que llegan a las manos de las infancias.
Durante siglos, las escritoras enfrentaron enormes dificultades para publicar, acceder a espacios de legitimación cultural o permanecer en la memoria literaria. Muchas recurrieron a seudónimos masculinos; otras fueron relegadas por la crítica o desaparecieron de los programas escolares a pesar de la calidad de sus obras. La historia de la literatura está llena de voces que fueron silenciadas no por falta de talento, sino por las condiciones sociales en las que intentaron escribir.
Recuperar esas autoras no responde únicamente a un gesto de reparación histórica. También amplía el universo simbólico disponible para las nuevas generaciones. Cuando una niña descubre que Gabriela Mistral escribió algunos de los poemas más importantes de nuestra lengua pero también escribió Todo es ronda, que Astrid Lindgren imaginó a Pippi Calzaslargas desafiando todas las convenciones de su época, o que Anne Sexton también incursionó en la literatura infantil con cuentos como Huevos de cosas en un territorio de humor e inteligencia, y que la autora chilena María José Ferrada escribe cuentos como Espantamiedos, comprende que las mujeres siempre han creado cultura, incluso cuando la historia decidió mirar hacia otro lado.
Pero esta recuperación no beneficia únicamente a las niñas. Todas las infancias necesitan leer escritoras. Necesitan descubrir que la inteligencia, la sensibilidad y la imaginación no tienen género. Crecer leyendo voces diversas contribuye a desmontar prejuicios y a construir una relación más amplia con la literatura, donde el criterio principal deje de ser quién escribe y pase a ser la potencia de las historias que esa persona es capaz de contar.
Por eso formar lectores no consiste simplemente en llenar estanterías. Consiste en construir bibliotecas donde convivan distintas voces, distintas experiencias y distintas maneras de comprender el mundo. Cada libro que incorporamos amplía, aunque sea un poco, el mapa desde el cual las infancias aprenderán a imaginar su lugar en la sociedad.
La evidencia se vuelve clara: leer desde la infancia fortalece el desarrollo del lenguaje, estimula la imaginación y favorece el desarrollo emocional. Pero quizá su mayor potencia resida en algo más difícil de medir. Cada historia amplía el mundo que una niñez puede imaginar como posible. Les permite conocer otras formas de vivir, cuestionar aquello que parece natural y descubrir que ninguna identidad, ningún sueño y ninguna manera de habitar el mundo son las únicas posibles.
Por eso, fomentar la lectura no consiste únicamente en formar futuras personas lectoras. Consiste en formar personas capaces de escuchar, de hacerse preguntas y de convivir con la diferencia. En tiempos donde la información circula a una velocidad inédita, los libros siguen ofreciéndonos algo irremplazable, ese tiempo para comprender, imaginar y mirar el mundo desde la perspectiva de diferentes personajes.