La escritora que llega desde el futuro
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Cada 18 de noviembre el calendario nos recuerda que Margaret Atwood sigue cumpliendo años, pero parece un dato menor para alguien que lleva décadas escribiendo como si viniera del futuro. Su obra —capaz de anticipar crisis ambientales, repliegues totalitarios y la fragilidad de nuestros vínculos— nos llega siempre un poco antes de que estemos preparadas para ella. Quizás por eso leerla produce esa mezcla entre inquietud y lucidez: nos empuja a mirar lo que ya sospechábamos, pero no queríamos nombrar.
Atwood no es solo la creadora de un mundo como Gilead. Es, sobre todo, una observadora feroz de los engranajes del poder y de los lugares donde se filtran las resistencias. En sus novelas habitan mujeres a las que les toca navegar mundos hostiles —distópicos o íntimos, da lo mismo— y que sobreviven a punta de memoria y desobediencia. Desde La mujer comestible hasta El asesino ciego, desde las criadas de túnicas rojas hasta las supervivientes de su trilogía MaddAddam, la pregunta que late es siempre la misma: ¿cómo seguir siendo una misma en un mundo que insiste en decidir por nosotras?
Margaret Atwood es una de las más prolíficas autoras norteamericanas conocida principalmente por su narrativa de ficción y por su perspectiva feminista. Su obra canónica, El cuento de la criada, fue publicada en 1985 y rápidamente se convirtió en una de las novelas distópicas más celebradas.
La autora nació el 18 de noviembre de 1939 en Ottawa, Canadá. De adolescente dividía su tiempo entre Toronto, la residencia principal de su familia y la zona rural escasamente poblada del norte de Canadá, donde su parte entomólogo realizaba investigaciones. Comenzó a escribir a los cinco años pero lo hizo seriamente una décadas después. Tras completar sus estudios universitarios en el Victoria College de la Universidad de Toronto, obtuvo una maestría en literatura inglesa del Radcliffe College en Cambridge, Massachusetts, en 1962.

En sus novelas encontramos personajes de mujeres que están navegando su relación con el mundo, sus trabajos, sus deseos y las personas que las rodean. El cuento de la criada (que se adaptó a película en 1990) se construye en torno al registro escrito de June Osborne, una mujer que vive en esclavitud sexual en una teocracia cristiana represiva del futuro en un estado de Estados Unidos, que ha tomado el poder a raíz de una convulsión ecológica donde hay muchas dificultades para procrear. Esta historia fue adaptada en 2017 a una aclamada serie de televisión y fue coescrita por la misma autora. En 2019 se publicó la secuela Los testamentos, novela ganadora del Man Booker Prize de ese año. Esta continúa la historia presentada en 1985, pero 15 años después de los eventos del final del primer libro a partir de una narración coral que cuenta con las perspectivas y testimonios de tres narradoras que ya conocíamos del mundo de Gilead.
Entre sus otras novelas se incluyen la surrealista La mujer comestible (1969); Surfacing (1972; película de 1981), una exploración de la relación entre la naturaleza y la cultura que se centra en el regreso de una mujer a la casa de su infancia en la naturaleza salvaje del norte de Quebec; Lady Oracle (1976).

Ojo de gato publicada en 1988 se aleja de las temáticas propias de las novelas más conocidas de Margaret Atwood y es más realista y autobiográfica. Su séptima novela nos adentra a la vida de Elaina, una artista visual que retorna a su ciudad natal a propósito de una exposición, ya entrada en su vejez, recuerda estos momentos de infancia y juventud, especialmente a Cordelia, una amiga de sus años de niña, quien le perpetró intensos maltratos psicológicos. Esta novela logra desarticular las capacidades y mecanismos de la memoria, especialmente las que se han visto marcadas por el trauma. El dolor de la infancia se cuela continuamente en la mente de Elaine, por más que intente evitarlo. A pesar del éxito que ha conseguido en su vida adulta, internamente viaja en el tiempo y vuelve a ser una niña pequeña y asustada, completamente a disposición de la crueldad de Cordelia, incluso cuando ella no está presente.
A este libro le sigue La novia ladrona (1993; película para televisión 2007); y Alias Grace (1996), un relato ficticio de una joven canadiense real que fue condenada por dos asesinatos en un juicio sensacionalista en 1843. Una miniserie de televisión basada en esta última obra se emitió en 2017, escrita por Atwood y Sarah Polley.

El asesino ciego (2000) le valió a la autora su primer premio Booker. Este libro es sobre una narrativa intrincadamente construida que se centra en las memorias de una anciana canadiense que escribe aparentemente para disipar la confusión sobre el suicidio de su hermana y su propio papel en la publicación póstuma de una novela supuestamente escrita por su hermana.

La novela de Atwood de 2005, Penélope y las doce criadas se inspiró en la epopeya de Homero, La odisea, esta vez contada desde la perspectiva de Penélope y sus doncellas. Con este libro la autora reelabora la figura de Penélope como la esposa benevolente y símbolo por excelencia de la fidelidad conyugal a lo largo de las décadas. En el relato homérico, tras la marcha de Odiseo a la guerra ella se queda en Ítaca para mantener el reino y criar a su hijo, cuando al cabo de veinte años Odiseo regresa a casa tras superar un sinfín de contratiempos mata a los pretendientes de Penélope y curiosamente, también a doce de sus doncellas. Margaret Atwood ha decidido contar la versión de Penélope y sus doce criadas ejecutadas en un ejercicio de escritura muy sabio y poético.

Por su parte, en Oryx y Crake (2003), Atwood describe un apocalipsis provocado por una plaga en un futuro cercano a través de las observaciones y los flashbacks de un protagonista que posiblemente sea el único superviviente del evento. Personajes secundarios de este libro vuelven a contar la historia distópica desde sus propias perspectivas en El año del diluvio (2009) y MaddAddam (2013), que continúa explorando los hilos bíblicos, escatológicos y anticapitalistas que recorren las dos novelas anteriores, lleva la trilogía satírica a un desenlace.
La semilla de la bruja fue publicada en 2016 y se compone como una reinterpretación de La tempestad de William Shakespeare, fue escrita para la serie Hogarth Shakespeare. La prolífica autora también escribe cuentos, estos se han recopilado en volúmenes como Dancing Girls (1977), Consejos para la naturaleza (1991), Desorden moral (2006),Colchón de piedra (2014) y Perdidas en el bosque (2023).
En este último se juntan quince relatos que iluminan lo cotidiano desde una perspectiva siempre diferente. Encontramos aquí a dos hermanas que evocan su pasado, a gatos extraviados, una conversación con George Orwell y Martha Gelhorn, junto a la filósofa y astrónoma Hipatia de Alejandría, a viejos académicos y una secuencia de más cuentos que sigue a una pareja casada. Aquí no necesitó de distopías monumentales para crear desde la ironía, y el temor, pues sus personajes se mueven en lo cotidiano, pero también en bosques metafóricos y reales que bordean la realidad humana. En esta colección Atwood explora la culpa, el paso del tiempo, las pequeñas violencias domésticas y las obsesiones que acechan bajo la superficie de lo común, con ese filo característico suyo, una mezcla precisa de humor negro e inquietud.

Su obra de no ficción incluye Negociando con los muertos: Una escritora sobre la escritura (2002), que surgió de una serie de conferencias que impartió en la Universidad de Cambridge; Venganza (2008; película 2012), un ensayo apasionado que trata la deuda —tanto personal como gubernamental— como un problema cultural en lugar de uno político o económico; En otros mundos: Ciencia ficción e imaginación humana (2011), en el que ilumina su relación con la ciencia ficción; y Cuestiones candentes: Ensayos y artículos ocasionales del 2004 al 2021 (publicado en el 2022), una colección de diversos escritos, así como varios discursos. Y también Blancos móviles, en este libro se adentra a los ensayos literarios para hablar de su generación y recorrer las obras y autoras/es que la han marcado, de Toni Morrison, Gabriel García Márquez, Úrsula K. Le Guin e Italo Calvino. Y para hablar de sí misma a través de ellos. Escribe con lucidez cada ensayo que transforma en una conversación íntima con la literatura, donde analiza cómo funcionan los dispositivos narrativos, qué obsesiones los atraviesan y por qué algunas imágenes se vuelven inolvidables.

Una de las claves para entender su mirada viene de su propia biografía, pero no desde los datos fáciles. No es tanto “Atwood nació en Ottawa” como “Atwood creció entre libros y bosques”, acompañando a un padre entomólogo por la naturaleza del norte de Canadá. Ese doble paisaje —lo literario y lo salvaje— sigue respirando en sus páginas. Ella misma lo resumió en su nueva obra autobiográfica Libro de mis vidas publicado el 6 de noviembre de 2025 en inglés que llega traducido a Chile durante el mes de diciembre. Esta autobiografía la autora la describe como 600 páginas de recipiente para “cosas estúpidas, catástrofes, venganzas y épocas de horror político”, que viene equilibrada con “momentos de alegría y acontecimientos sorprendentes” y donde dice que conviven dos figuras: “Peggy Nature”, libre, intuitiva, conectada con el mundo físico, y la Escorpio melancólica y fascinada por lo sobrenatural. Esa tensión entre lo sensorial y lo espectral es, quizá, la gran energía que sostiene su escritura.
Atwood ha sido muchas cosas, novelista, poeta, ensayista, dramaturga, libretista de ópera, editora y activista ambiental. Es alguien que entiende la literatura como un ecosistema entero. Por eso no sorprende que pueda pasar de reescribir la Odisea desde la voz de Penélope, a imaginar un apocalipsis bioingenieril en Oryx y Crake, o reconstruir un caso criminal del siglo XIX como en Alias Grace. Cada vez que cambia de registro, ella nos recuerda que los géneros literarios son fronteras blandas: lo suyo es explorar cómo se desbordan.
Quizás su gesto más político —más que cualquier distopía— es la insistencia en contar. Contar como acto de memoria, como forma de resistencia y, a veces, como única posibilidad de sostener una identidad cercada. No es casual que El cuento de la criada sea concebido como un testimonio clandestino, ni que Los testamentos vuelva al formato coral. En el universo atwoodiano, narrar siempre implica riesgo, pero también la posibilidad de contagiar libertad.
A sus más de ochenta años, Atwood sigue escribiendo con el pulso de quien no teme mirar la oscuridad. En sus ensayos, en sus conferencias, incluso en su humor filoso en redes sociales, aparece algo que nunca se extingue tampoco en sus obras; la convicción de que el ser humano sigue siendo capaz de imaginar futuros mejores. Para leer a Atwood no hace falta estar de acuerdo con su visión del mundo; basta con aceptar su invitación a pensar más allá de lo inmediato, a sospechar de lo que parece dado, a escuchar las preguntas que incomodan.
Celebrar su cumpleaños es celebrar esa incomodidad fértil, celebrar a una escritora que no escribe para tranquilizarnos, sino para despertarnos. Y aunque sus libros nos conducen por plagas, injusticias o mundos al borde del colapso, ella parece recordarnos algo esencial: mientras quede alguien capaz de narrar, aún no está todo perdido.