Fin del verano: cuando la lectura cambia de piel
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Febrero siempre llega con una doble sensación, porque todavía huele a descanso, pero ya empieza a sonar el despertador de la rutina. Es un mes de transición, un mes puente. Para muchas personas marca el cierre definitivo de las vacaciones y con ello se repliegan los días largos, las lecturas sin horario y esa deliciosa irresponsabilidad de no saber qué día es. Termina febrero y, casi sin darnos cuenta, volvemos a medir el tiempo en torno a las cosas que dejamos pendientes y a las nuevas tareas en el trabajo.
Durante el verano, la lectura cambia de piel. No leemos igual en la playa, en la montaña o en la sobremesa eterna que en el transporte público o entre reuniones. El libro deja de ser ese momento deleitoso donde te adentras a una historia en búsqueda de tranquilidad y emoción y vuelve a ser refugio. Se entromete en los viajes del metro y/o micro, y también acompaña el café frío en las mañanas de calor camino a la oficina. Volvemos a marzo, volvemos a leer más lento —o más vorazmente dependiendo del caso—, pero sobre todo leemos distinto, con más interrupciones y con menos tiempo para perdernos.
Así, cuando febrero termina, no solo se ajustan los horarios sino también se reconfiguran los hábitos. La lectura compite otra vez con la agenda, con el cansancio, con la inercia de las pantallas. Esa lectura relajada de enero y principios de febrero parece una versión idealizada de nosotras mismas. Y entonces aparece la pregunta incómoda: ¿por qué durante las vacaciones sí pudimos leer y ahora no?
Quizás la respuesta no tenga que ver con el tiempo disponible, sino con la calidad de nuestra atención. En vacaciones, la mente está menos fragmentada. Hay una especie de permiso interno para demorarse. En la rutina, en cambio, le exigimos a la lectura que encaje casi en los márgenes. Queremos que rinda, que avance, que “aprovechemos” el rato. Y así, sin querer, le devolvemos la lógica productiva a un acto que justamente nos debería salvar de ella.
Cerrar febrero puede ser, entonces, algo más que volver a la normalidad. Puede ser una oportunidad para preguntarnos qué versión de nuestra vida lectora queremos sostener el resto del año. Porque no tenemos que tratar de replicar completamente el ritmo más lento del verano, sino de rescatar algo de su espíritu, pues es la curiosidad, la disposición del tiempo y el libro que elegimos como compañía lo que tiene que prevalecer.
Porque tal vez el verdadero desafío no es encontrar más horas para leer, sino defender el espacio simbólico que la lectura ocupa cuando estamos de vacaciones. Ese espacio donde el mundo se aquieta un poco y las páginas vuelven a ser territorio propio.
Entonces, si febrero es un umbral, marzo es una reorganización, quizás también necesitamos que nuestras lecturas sigan el mismo camino. No se trata de elegir libros correctos para la vuelta a la rutina, sino de reconocer en qué estado estamos leyendo ahora, ¿tenemos la cabeza dispersa? ¿Necesitamos algo breve? ¿Algo de cuatrocientas páginas para hincar el diente a una historia transformadora? ¿Quizás es hora de leer libros de no ficción para volver a la realidad? Las recomendaciones que siguen no buscan dictar un camino, sino ofrecer posibles entradas.
- Libros para volver a entrar
Estos libros son cortos, mas no livianos. Son historias que puedes leer en pocos días, pero las sensaciones que te provocaron te acompañarán por más tiempo.

Penélope y las doce criadas de Margaret Atwood
La autora del Cuento de la criada regresa al mito y le da voz a quienes fueron silenciadas. Breve, irónica y punzante esta relectura de la Odisea desmonta la épica y la reemplaza por memoria y ajuste de cuentas.

Voraz de Bernardita bravo
Los nueve cuentos de esta colección son parte de una narración intensa donde el deseo avanza y el cuerpo resiste. Son cuentos que ayudan a volver al hábito lector.

Memoria de chica de Annie Ernaux
Annie Ernaux desentraña un episodio decisivo de su juventud para examinarlo con la lucidez del presente. Un libro preciso, corto y contenido donde la memoria no busca nostalgia sino comprensión.
- Libros fragmentarios para mentes interrumpidas
Marzo trae interrupciones, entonces de repente necesitamos de esas escrituras que las acepten. Aquí te dejamos lecturas que permiten entrar y salir sin culpa.
Dantescas: Cuentos de mujeres que descendieron a los infiernos de varias autoras.
En esta selección tenemos relatos que dialogan con la figura del descenso, pero desde las experiencias femeninas contemporáneas. Cada historia funciona como una puerta independiente hacia su propio infierno. Cada una con un estilo particular, estas historias son ideales para leerlas en diferentes momentos.

Jane. Una biografía de Cristina Oñoro y Ana Jarén
Este libro, más que una biografía lineal, es un acercamiento a la vida de la icónica autora a través de escenas y capas de su vida. Se puede leer a fragmentos, como quien construye una vida a partir de gestos y momentos claves.

Tres cuerpos salvajes de Eva Baltasar
En este libro orbitan tres historias autónomas en torno a mujeres protagonistas que están pasando por una efeméride emocional en torno a cuerpo, maternidad o relaciones. Su estructura permite entrar y salir, pero el eco entre las partes construye una experiencia unitaria.
- Libros que hablan del tiempo
Estos libros dialogan con la reflexión sobre cómo medimos el tiempo. Aquí podemos sostener la pregunta de cómo se narra el tiempo cuando no queremos que avance.

Un malestar indefinido de Samantha Harvey
Una narración suspendida, donde el tiempo parece dilatarse alrededor de una conciencia inquieta. Este libro es de ensayos autobiográficos que se leen como un diario de una persona que sufre insomnio por un año.

Miradnos bailar de Leila Slimani
A través de una saga familiar Leila Slimani nos traslada a un Marruecos libre desde donde retrata transformaciones íntimas y sociales. El paso de los años se siente en los cuerpos y en las decisiones que deja la historia.

El futuro recordado de Irene Vallejo
En estos ensayos la autora reflexiona sobre la memoria y cómo podemos leer algunas señales para prepararnos al futuro. Dialoga con personalidades de la historia sobre el presente que nos legaron y se lee como una conversación constante entre lo que fuimos y lo que imaginamos ser.
- Libros para mantener el espíritu del verano
En vez de abandonar esa versión lectora de vacaciones, podemos prolongarla con estos libros. Como dijimos más arriba, no es replicar el ritmo, pero sí rescatar la disposición.

Guardé el anochecer en el cajón de Han Kang
En esta preciosa edición bilingüe, Han Kang nos presenta una selección de poemas atravesados por la contemplación y el silencio. Donde, con una escritura delicada, invita a una lectura pausada, donde cada imagen parece suspendida en la luz del atardecer.

Greta & Valdin de Rebecca K Reilly
Con humor y agudeza, esta novela acompaña a una hermana y un hermano en sus enredos afectivos. Es ligera en apariencia, pero profundamente sensible en su mirada sobre la intimidad.

La ciudad sitiada de Clarisce Lispector
Lispector construye una atmósfera donde la ciudad y la conciencia se entrelazan. Más que una trama, su narrativa ofrece una experiencia de percepción, ideal para sostener ese ritmo contemplativo del verano.