Escribir el deseo: la sexualidad a manos de autoras

Escribir el deseo: la sexualidad a manos de autoras

Durante mucho tiempo, la sexualidad femenina en la literatura fue tolerada solo bajo ciertas condiciones. Velada, romántica, funcional a otros relatos. Escribir el deseo desde el propio cuerpo fue leído como exceso, incomodidad, incluso como desviación. En ese marco, escribir sobre sexo desde el propio cuerpo no era solo difícil, sino sospechoso.

Pero el problema nunca ha sido el sexo. 

El problema siempre fue quién tenía el derecho a narrarlo, y desde dónde. 

Esa es la tensión que recorre toda una tradición. Hay una genealogía larga pero fragmentaria y muchas veces interrumpida de autoras que han escrito el deseo incluso cuando no había lenguaje disponible para hacerlo. Y quienes lo hicieron, quienes interrumpieron ese pacto se les tildó de hacerlo solo para llamar la atención, por querer exhibirse, todo en orden del sistema patriarcal en donde nos vemos insertadas. 

Pero en realidad esta escritura en torno a la  sexualidad incluía cuestionamiento de roles, diferentes perspectivas honestas, vivencias corporales que exploraban más que solo experiencias sexuales. Esta escritura no nace desde la provocación, sino desde algo más radical: la apropiación. Escriben sobre deseo sin pedagogía, sin traducción para otros, sin buscar validación. Y en ese gesto, desplazan una pregunta clave: ¿quién y para quién se ha escrito históricamente la sexualidad femenina?

Si pensamos en una genealogía, una de sus raíces evidentes está en la antigüedad, donde el deseo no era un problema moral. La literatura erótica no estaba necesariamente asociada al escándalo. En la antigüedad —Egipto, Grecia, Roma— el sexo formaba parte de un continuo entre lo humano y lo divino: prácticas, rituales, poesía, teatro. No era un tema marginal, ni oculto, ni necesariamente moralizado.

En ese contexto aparece Safo, una de las primeras voces en escribir el deseo desde la experiencia encarnada. Sus poemas —muchas veces fragmentarios— no describen el cuerpo como objeto, sino como intensidad, el temblor, la espera, la pérdida del control. En su célebre invocación a Afrodita, el amor es literalmente una fuerza que interviene en el cuerpo.

Más tarde, Nosis de Locri recoge esa tradición y la vuelve afirmación: “Más dulce que el deseo, nada”. 

Lo importante aquí no es solo que haya deseo, sino que este esté dicho desde una voz femenina que se reconoce como sujeto de placer. Estos primeros acercamientos a la genealogía nos muestran que las autoras han escrito desde el deseo y no lo presentan como problema, sino como experiencia legítima del cuerpo. 

Con el paso de los siglos —y especialmente con la moral cristiana— el sexo deja de ser un continuo natural y pasa a ser un territorio vigilado. La literatura no deja de hablar de él, pero cambia el tono porque aparece la culpa, la alegoría y la censura. Y el sexo se convierte en un tema más “delicado”, sometido a límites morales y lingüísticos. No es que este desaparezca sino que se desplaza.

En América Latina, por ejemplo, la escritura erótica femenina encontró un espacio más posible en la poesía y entró más tarde en la narrativa. En México, fueron primero las poetas quienes pudieron abordar el deseo, mientras que la narrativa permanecía más “controlada”. No porque sea más libre, sino porque puede disfrazarse mejor. La metáfora, la intensidad lírica, la ambigüedad permiten decir sin nombrar del todo. Ahí, la figura de Sor Juana Inés de la Cruz fue clave, pero no como excepción brillante, sino como síntoma de un problema mayor. Su escritura amorosa no nombra directamente el cuerpo, pero lo insiste. Hay en sus versos una tensión constante entre lo que puede decirse y lo que debe permanecer velado. El deseo aparece como exceso de lenguaje: repetición, obsesión, rodeo. No es ausencia, es presión.

Esa presión no desaparece en los siglos siguientes; se transforma. Lo interesante es que aquí empieza a producirse un giro decisivo: el deseo deja de ser únicamente una experiencia íntima y empieza a leerse como una construcción.

En Rosario Castellanos, por ejemplo, el deseo ya no necesita esconderse en la retórica barroca, pero aparece atravesado por otra incomodidad: la conciencia. Amar —y desear— ya no es un destino evidente, sino una experiencia que puede implicar pérdida de sí, desigualdad, incluso violencia simbólica. El cuerpo ya no es solo un lugar de intensidad, sino también de conflicto. Así, el deseo se presenta como algo problematizado. En textos como Valium 10 o en su poesía amorosa aparece una voz que no idealiza el amor ni el cuerpo. Sino más bien desarma la idea del amor como destino femenino e introduce el deseo como conflicto emotivo e intelectual.

En esta misma línea de desplazamiento la poesía de Anne Sexton introduce en 1969 en su libro Poemas de amor, una sexualidad explícita, confesional y profundamente corporal, donde el deseo femenino aparece sin filtro y atravesado por la culpa, la locura y la autodestrucción. Su escritura no solo nombra el cuerpo, sino que lo expone en su fragilidad, rompiendo con la idea de una identidad controlada. 

En esta misma tradición, aunque desde otro registro Laura Esquivel con el libro Como agua para chocolate propuso una relación entre cuerpo, la emoción y el deseo donde lo erótico está intrínsecamente unido a lo sensorial a través de la comida. En esta espectacular novela el deseo se filtra, se contiene y al mismo tiempo se expresa mostrando cómo las restricciones sociales sobre el cuerpo femenino no eliminan el deseo, sino que lo transforman en otras formas de lenguaje. 

La sexualidad femenina aquí se logra presentar explícitamente como algo vivo, y algo que circula, que se desborda en otros lenguajes, en este caso, el de la cocina, poniendo en evidencia que el cuerpo siempre encuentra formas de decir y expresar lo que no se nombraba directamente antes. 

Entre otra de las raíces evidentes nos encontramos con Anaïs Nin, quien en sus diarios y relatos eróticos ya desarmaba la idea de una sexualidad femenina pasiva o decorativa. Más tarde, textos como El amante de Marguerite Duras introducen una voz donde el deseo está atravesado por el poder, la edad, el dinero, sin moralizar ni ordenar la experiencia.

En esta genealogía el trabajo de Monique Wittig resulta fundamental, no solo desde la literatura, sino también desde el pensamiento. Pues en sus libros El cuerpo lesbiano y El pensamiento heterosexual no solo escribe el deseo, sino que desarma las categorías que lo organizan. Cuestionan la heterosexualidad como régimen político y propone una escritura donde el cuerpo ya no responde a identidades fijas. Su obra literaria y ensayística desplaza  el deseo hacia un terreno donde también se juega el lenguaje. 

Esa línea se vuelve más explícita, más incómoda, con autoras como Virginie Despentes, cuyo Teoría King Kong (2006) irrumpe en el panorama editorial francés cuestionando frontalmente las narrativas sobre violación, prostitución y deseo. No es casual que aparezca en ese contexto: una Francia que, todavía tendía a leer la sexualidad femenina como exhibición antes que como pensamiento.

En paralelo, otras escrituras comienzan a tensionar la relación entre cuerpo, memoria y lenguaje. Annie Ernaux, especialmente en Pura pasión o El acontecimiento, desplaza el foco hacia la obsesión, la dependencia afectiva, el aborto: experiencias donde el deseo no es liberador, sino también conflictivo, incluso devastador. La publicación de estos textos —entre los años 90 y principios de los 2000— marca otro giro, hacia una intimidad que deja de ser confesional para convertirse en material político.

En América Latina, este movimiento adquiere otras inflexiones. Autoras como Gabriela Wiener en Sexografías o María Fernanda Ampuero en Pelea de gallos no solo escriben el deseo, sino también la violencia, la precariedad, las estructuras que lo rodean. Cuando autoras como Guadalupe Nettel escriben el deseo, no están “atreviéndose a hablar de sexo”, como suele simplificarse. Están trabajando sobre una tradición que ya ha mostrado que el problema no es la visibilidad, sino la forma. En sus textos, el deseo no es necesariamente heterosexual, ni menos armónico, como tampoco plenamente comprensible. Hay fetiche, hay obsesión, hay extrañeza. El cuerpo no es una unidad estable, sino algo que se transforma, que falla e incomoda.

Nettel no escribe erotismo explícito constante, pero sí una sexualidad profundamente inquietante. En sus novelas como Después del invierno y La otra hija, el deseo aparece ligado a obsesión, rareza, incomodidad. “Hay algo en el amor que siempre roza lo monstruoso”. Y así, logra desromantiza el deseo, lo acerca más bien a lo extraño, a lo no resuelto. Muestra que la intimidad no es necesariamente un refugio. Aquí el cuerpo no es solo un espacio íntimo, sino también social: atravesado por clase, por género, por historia. 

Camila Sosa Villada desde Argentina introdujo una escritura donde el deseo, el cuerpo y la identidad se entrelazan desde la experiencia travesti. En Las malas, el cuerpo no es solo un espacio de deseo, sino también de supervivencia y comunidad. Su escritura desborda las categorías tradicionales del género y la sexualidad mostrando que el deseo no puede pensarse fuera de las condiciones materiales y políticas que la atraviesan. 

Aquí la genealogía se expande, ya no se trata solo de quién puede narrar el deseo, sino también de qué cuerpos han quedado históricamente fuera de esa posibilidad. 

Por otra parte, autoras como Luna Miguel han contribuido a pensar cómo la escritura del cuerpo y la sexualidad también implica desarmar las categorías de quién escribe, desde dónde, con qué lenguaje. Lo interesante es que esta constelación no produce un nuevo modelo de “sexualidad femenina”, sino todo lo contrario: rompe la idea de que pueda haber uno. En Caliente, su libro de ensayos publicado el 2021 entrega una lectura y revisión crítica de esta tradición, poniendo en el centro la idea de una “sexualidad descarnada” de las autoras que no buscan agradar ni provocar con el erotismo, sino, problematizar el deseo desde la experiencia propia, desmontando la idea de que la narración del cuerpo femenino es mera exhibición:

“Las autoras pertenecen a una generación de mujeres insistentes, irreverentes, empeñadas en compartir lo que significa vivir las distintas etapas del cuerpo de una mujer cisgénero”

Lo interesante es que esta constelación de autoras no produce un modelo de “sexualidad femenina”, sino todo lo contrario, rompe la idea de que pueda haber uno. 

Esto implica también que ya no se escribe únicamente desde una tradición masculina y heterosexual que ordenaba el deseo dentro de pactos patriarcales que seguían perpetrando. Lo interesante es que esta escritura de autoras en torno al sexo no se limita a narrar el placer. Por el contrario, abre un campo mucho más complejo, aparece el desencuentro, la incomodidad, la violencia, la vergüenza, el tedio, incluso la contradicción. El cuerpo deja de ser un territorio armónico o deseable y se vuelve un espacio en disputa, atravesado por normas, expectativas y experiencias que no siempre encajan entre sí.

Ahí es donde esta literatura se vuelve especialmente potente, porque no ordena la experiencia, sino que la expone en su desborde.

En lugar de ofrecer relatos tranquilizadores sobre el deseo, muchas de estas autoras lo tensionan. Algunas muestran como lo han aprendido y lo cuestionan. Y al hacerlo, también ponen en crisis las formas en que hemos leído —y entendido— la sexualidad durante años.

No se trata, entonces, de “atreverse a hablar de sexo”, como si ese fuera el punto de llegada. Se trata de todo lo que esa escritura permite abrir, aquellas preguntas sobre el consentimiento, sobre el poder, sobre la mirada, sobre la relación entre intimidad y lenguaje. En ese sentido, escribir sobre sexualidad no ha sido nunca solo un gesto individual, es uno político. No porque busque representar una causa, sino porque interviene en un campo donde históricamente a las mujeres se les ha permitido aparecer, pero no decir.  

Cerrar el mes de la mujer desde aquí no es hacer un balance, sino cambiar el foco. Pasar de celebrar la presencia de autoras a leer realmente lo que están haciendo con la escritura.

No cerramos esta genealogía ni asumimos que estas autoras son las únicas que han fijado este tema, pues hay autoras contemporáneas y otras clásicas que han escrito en torno a esta vivencia tan humana como lo es la sexualidad. En todas persiste el deseo y la insistencia de querer encontrar su lenguaje.

Escribir el deseo, entonces no es solo nombrarlo, sino tensionar las formas en que ha sido leído, regulado y entendido por siglos. Y en esa tensión –incómoda y contradictoria– es donde la literatura sigue abriendo espacio para que el cuerpo, finalmente, no tenga que explicarse.  

 

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