Emily Brontë: un viaje a la casa donde nació Cumbres borrascosas
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por Sabka Castillo
Hay lugares donde una siente que los libros siguen respirando. Haworth es uno de ellos. Después de un camino entre colinas del norte de Inglaterra aparece un pueblo de calles empedradas donde casi todo parece detenido en el siglo XIX. Al final de la colina de la calle principal se encuentra el Brontë Parsonage, la antigua rectoría donde vivieron las hermanas Brontë.
El natalicio de Emily Brontë me devuelve al siete de febrero de este año, cuando escapé del calor para sumergirme en la lluvia torrencial del invierno inglés y caminar por Haworth, un pequeño pueblo del norte de Yorkshire, que esconde uno de los tesoros de la literatura británica. Allí donde la realidad y la literatura todavía parecen confundirse, y donde escribieron algunas de las novelas más importantes de la historia de la literatura.
Había leído sobre la casa muchas veces, vi fotografías y documentales, pero estar parada en ese umbral esperando entrar es una sensación inimaginable. Descubrir las habitaciones donde imaginaron sus historias, el comedor donde instalaban sus escritorios y escribían sin cesar fue un deleite. Lo que más me impresionó fue la labor de conservación del lugar, pues la mayoría de las habitaciones siguen casi intactas.
Con un pase diario que cuesta quince libras esterlinas y que te permite entrar desde las 10am hasta las 5pm puedes recorrer todo el sector, que incluye el cementerio que la rodea, su casa, el comedor donde escribían y caminaban mientras rumiaban sus ideas, junto a sus habitaciones, donde Charlotte, Emily y Anne imaginaron sus historias. Al recorrer sus espacios, logras ver donde tres hermanas transformaron una vida marcada por la pérdida, el aislamiento y la imaginación en una obra literaria que sigue viva casi dos siglos después.
Al visitar Haworth en invierno se logra ver de dónde salió uno de los protagonistas principales de todas sus novelas, el páramo y toda su ambientación gótica. Su calle principal, empedrada y en pendiente, está llena de pequeñas librerías, cafeterías y antiguas construcciones de piedra, que forman una antesala para la atracción principal al final del camino. Allí donde se levanta la antigua rectoría donde vivió la familia Brontë desde 1820.
No cuesta imaginar por qué este lugar quedó grabado en la imaginación de Emily. El viento es constante, el paisaje parece infinito y el silencio tiene una presencia física. Todo recuerda, de alguna manera, a la atmósfera de Cumbres borrascosas. La casa pertenecía a la parroquia de la iglesia de San Miguel y todos los ángeles, y allí vivía Patrick Brontë, pastor anglicano de origen irlandés, junto a su esposa Maria Branwell y sus seis hijos. Poco después de instalarse, la familia comenzó a sufrir una serie de pérdidas que marcarían para siempre su historia. Maria murió cuando Emily tenía apenas tres años. Más tarde fallecieron las hermanas mayores, Maria y Elizabeth, tras enfermar en el internado al que habían sido enviadas. Aquella sucesión de muertes convirtió la rectoría en un lugar donde la ausencia formaba parte de la vida cotidiana.
A diferencia de otros escritores que cambiaron constantemente de residencia, las Brontë vivieron casi toda su vida en esta casa. Desde sus ventanas observaban el cementerio, escuchaban las campanas de la iglesia y caminaban por los páramos que rodeaban Haworth. Se dice que Emily salía a caminar incluso cuando el clima no era favorable, pero su amor por la soledad de los páramos era más fuerte.
Al recorrer las habitaciones es inevitable pensar que aquí transcurrió prácticamente toda su existencia, su infancia, los juegos, las clases, las lecturas, las discusiones familiares y, por supuesto, la escritura. Al funcionar como museo, hoy la rectoría conserva una extraordinaria colección de objetos originales que incluyen los muebles, vestidos, cartas, libros, pinturas y pertenencias de toda la familia. No son reconstrucciones, son las mismas piezas que convivieron con Charlotte, Emily y Anne. Incluyendo un guardapelo de luto que guardó Charlotte, una joya victoriana hecha con el cabello trenzado de sus hermanas.
Al entrar te indican que la primera habitación a la que puedes pasar es al comedor, y así, es como me adentré rápidamente a un espacio tan íntimo. Al centro se encuentra la mesa familiar. Allí es donde Emily escarbó su inicial en la mesa que aún se divisa. Donde dejaron puestas las sillas que ocupaban, y la disposición de los papeles. Sabemos todo esto gracias a las entradas de los diarios de las hermanas. De hecho, tenían en display una de las hojas de diario de junio del 1837, donde Emily nos muestra dónde se asentaba cada una, escena que ella ilustra desde el sillón negro que ocupa la pared al lado derecho, lugar donde murió de tuberculosis una década más tarde en 1848, con apenas treinta años.
Impresionante cómo un sencillo objeto, tan cotidiano para nuestro día a día, guarda un silencio tan especial. Un sofá de madera con tela negra, conocido como settle.
Ese comedor se vuelve un espacio conmovedor y macabro a la vez. Donde se junta el aire creativo y la muerte. Que se lee fascinantemente como un símil a toda la literatura de las hermanas Brontë. Pues la muerte es algo presente (aquí lo analizamos en detención el año pasado con sus poemas) y transversal en toda su escritura, incluso en el trabajo de Anne, la menor. Otro detalle muy interesante fue notar que desde la mayoría de las ventanas que se encuentran en la casa da vistas hacia el gran y antiguo cementerio de Haworth que ocupa el terreno. Pocas casas de escritoras/es conviven tan estrechamente con la muerte, desde donde se ven las lápidas que rodean la iglesia.
En el siglo XIX aquel camposanto llegó a estar tan saturado que generó graves problemas sanitarios para el pueblo. La humedad, las enfermedades y las epidemias formaban parte del paisaje cotidiano de las hermanas Brontë. Por eso la muerte en sus escritos no se explora solamente como una idea literaria, una abstracción, pues era parte de su realidad, aquella que veía desde su ventana y que vivía dentro de su casa, con la muerte de sus familiares.
Volviendo al comedor, una de las cosas que anoté tras pasar un sinfín de minutos en esta habitación, fue que esta escena rompe, y hasta se ríe cruelmente, de la imagen romántica de la escritora encerrada en un ático o estudio privado. Era en la misma mesa donde comían, que escribían día tras día. Aquí no existían grandes escritorios, ni despachos silenciosos, las novelas nacían alrededor de una mesa, muy cerca de la puerta principal donde había movimiento humano, llena de papeles por todas partes, con una chimenea encendida al lado izquierdo y ruidos propios de una casa bien habitada.
Entre ellas alcanzaron a escribir siete novelas, pero lo que publicaron primero fueron sus Poemas, en 1846 en una edición conjunta. Charlotte escribió allí Jane Eyre, Emily dio forma a Cumbres borrascosas, Anne trabajó en Agnes Grey y estos tres fueron publicados el mismo año, 1847, y fueron firmados con sus seudónimos masculinos Currer, Ellis y Acton Bell. Posteriormente, Anne, sigue escribiendo y publica La inquilina de Wildfell Hall en 1848. Charlotte continúa escribiendo después de la muerte de sus hermanas y vuelve a publicar Shirley (1849), Villete (1853), El profesor (1857, publicada póstumamente con su nombre real). En 1850, ocho años antes de su muerte, Charlotte revela y aclara en prefacios de las ediciones póstumas de las novelas de sus hermanas que las obras firmadas por Ellis y Acton eran en realidad de Emily y Anne, este actuar se desencadenó únicamente posterior a la muerte de las hermanas, porque editores rivales empezaron a sugerir que las obras eran de un mismo autor.
Antes de convertirse en novelistas, las hermanas ya habían construido universos enteros. De niñas escribían historias diminutas en cuadernos tan pequeños que apenas cabían en la palma de la mano. Cuadernos que se conformaban por hojas sobrantes que sacaban del despacho de su padre, según nos dicen los recuadros con información que se instalan en cada una de las habitaciones. En ellas, crearon reinos imaginarios como Angria y Gondal, poblaron esos mundos con personajes propios y produjeron una cantidad impresionante de poemas, revistas y relatos. Aquellos juegos infantiles terminaron convirtiéndose en el laboratorio creativo donde aprendieron a narrar.
También, y en las mejores condiciones, se encuentra la cocina, el corazón de la casa. El lugar más cálido, donde durante los largos inviernos de Yorkshire, toda la familia se reunía alrededor del fuego. Aquí vislumbré otra faceta de Emily Brontë que no conocía. Pues, cuando Charlotte y Anne salían a como institutrices y su tía Elizabeth Branwell murió, Emily asumió gran parte del quehacer doméstico de la rectoría. Se convirtió, en la práctica, en la administradora de la casa, ayudaba a preparar las comidas, hacía el pan semanal, organizaba las tareas y trabajaba para que todo siguiera funcionando mientras continuaba escribiendo poemas y su novela.
La cocina así se vuelve un espacio revelador, su literatura convivía con el trabajo doméstico. Ver su bonnet en el respaldo de la silla frente al fuego rompe esa idea romántica de la escritora aislada del mundo. Ella escribía, sí, pero también amasaba, atendía la casa y cuidaba de su padre.
La silla de madera frente al fuego de la cocina no es un elemento decorativo, ni está dispuesto en esa dirección al azar. La escena tiene algo profundamente cotidiano, no es un display cuidadosamente diseñado, sino la habitación de alguien que acaba de dejar el gorro sobre la silla antes de llevar la tetera con agua al fuego. Ese lugar al que llegaba después de caminar en la tierra con sus botas altas y pesadas.
Estaba recorriendo una casa que fue todo el universo para estas mentes tan curiosas y canonizadas del siglo XIX. Y ahí, al día de hoy se conservan muchos manuscritos, cartas, primeras ediciones y objetos personales. Los que siguen nadando en mi memoria fueron los manuscritos y primeras ediciones de volúmenes de poesía y los diminutos cuadernos escritos durante la infancia y numerosos documentos donde ellas editaban y rayaban encima de la escritura de la otra. Ver la letra diminuta y en cursiva de Emily o las correcciones manuscritas de Charlotte produce una sensación difícil de describir. De pronto, aquellas figuras casi míticas vuelven a ser simplemente tres hermanas escribiendo sobre hojas de papel.
¿Esperaba ver el manuscrito Cumbres borrascosas? Por supuesto, pero esta pieza se conserva en la British Library, a kilómetros de distancia de su hogar. Pero sí encontré la primera edición de diciembre de 1847, que fue publicada originalmente en dos volúmenes.
Con el tema de los seudónimos aprendí, en una exhibición dispuesta en la parte de atrás de la casa, que ellas fueron muy conscientes de los prejuicios de su época. Y jugaron un poco con que estos llevaran las mismas iniciales de sus respectivos nombres. Querían que sus novelas fueran juzgadas por su calidad y no por el hecho de haber sido escritas por mujeres. Solo después del éxito de sus libros comenzaron a revelarse sus verdaderas identidades, pero esto último fue obra de Charlotte, ya cuando sus hermanas habían fallecido. Podemos sumergirnos en este tema en Caminar invisible, una recopilación de sus cartas con sus editores, donde detalla cómo era el proceso de estar publicando en ese entonces y su relación creativa con sus hermanas.
Una de las reseñas más famosas que tiene Cumbres el año de su publicación fue la siguiente: “... el lector queda conmocionado, disgustado, casi asqueado por los detalles de crueldad, inhumanidad y el odio y la venganza más diabólicos, y de pronto aparecen pasajes de poderoso testimonio del poder supremo del amor, incluso sobre demonios con forma humana”. Hablemos de un crítico realmente desconcertado.
Para la época victoriana la violencia y la pasión descrita en este libro contenía más de lo que podían soportar en la época. Lo que demuestra lo tormentoso de sus personajes y lo realista también que sentían el ambiente.
Es emocionante recorrer este lugar, no solo porque allí vivieran escritoras que llegaron a ser famosas, sino porque recuerda que antes de convertirse en clásicas fueron tres mujeres, tres hermanas, intentando abrirse paso en un mundo que difícilmente esperaba escuchar sus voces.
Pero el recorrido no lo acabé ahí. Todo buen museo tiene una buena tienda de regalos. Ahí es donde encontré –aparte de ediciones preciosas de los libros de las hermanas, una tote y un colgante navideño con un poema de Emily– un tríptico que funciona como un mapa que se llama The Emily Brontë walk, que contenía toda la ruta de 15 millas (24 km) de páramos arriba de Oxenhope y Haworth que inspiraron los páramos presentados en la novela de Cumbres borrascosas.
I’ll walk where my own nature would be leading: It vexes me to choose another guide
Caminaré por donde me lleve mi propia naturaleza: me molesta tener que elegir otra guía.
Debo ser honesta y decir que no caminé los 24km, no por falta de voluntad, pero estaba lloviendo y tenía que alcanzar un tren, pero sí caminé y divague lo suficiente como para insertarme dentro de las páginas de Emily, caminando por los lugares que ella paseaba y amaba.
Salir de la rectoría y de Haworth deja una sensación difícil de explicar. Una de extrañeza y de regocijo. Ver dónde nacieron los libros que creciste leyendo, ver estos lugares concretos, –que en este caso eran en mesas de comedor, cocinas, ventanas, senderos y cementerios– invita a una nueva lectura de toda su literatura. Pues las historias no habitan únicamente en las páginas, se expanden cuando caminamos por los mismos paisajes que las inspiraron.