Emily Brontë: médium de lo invisible

Emily Brontë: médium de lo invisible

Cada 30 de julio, en medio del verano inglés y de nuestro invierno, se recuerda el nacimiento de Emily Brontë. Su nombre suele venir acompañado de palabras como "enigmática", "reclusa", "genial", "brillante autora de Cumbres Borrascosas". Pero ¿y si intentáramos otro enfoque? ¿Y si pensáramos a Emily Brontë no solo como una escritora, sino como una especie de médium? Una médium no en el sentido místico del espiritismo del siglo XIX, sino como una figura capaz de canalizar lo indomesticado, lo silenciado, lo invisible.

Una escritora que no escribe para complacer. Emily publicó solo una novela. Murió joven. No se casó, no fue parte del circuito literario de su época. Pero lo que escribió se ha mantenido vivo como una corriente subterránea que sigue moviendo placas emocionales.

Cumbres Borrascosas (Austral ediciones) no es una historia de amor, o al menos no en el sentido romántico. Es una historia de fuerza bruta, de vínculos que atraviesan la carne, el tiempo y la muerte. Un libro lleno de pasiones que no se redimen, donde la naturaleza no es solo el escenario, sino un personaje que ruge, que empuja, que respira junto a los protagonistas.

Cuando decimos que Emily Brontë fue una médium de lo invisible, no hablamos de una fantasía literaria ni de una pose gótica. Hablamos de una sensibilidad radicalmente afinada a lo que no se ve pero se siente, a esas fuerzas que moldean nuestras vidas desde las sombras: el deseo, el duelo, la naturaleza indómita, los afectos que no caben en el lenguaje cotidiano. Emily no solo captó esas fuerzas, sino que dejó que la atravesaran a través de su escritura, sin suavizarlas, sin traducirlas para hacerlas más digeribles. Escribir, para ella, fue una forma de encarnar lo que estaba fuera del orden aceptable.

Su novela, es un ejemplo contundente de esta capacidad de canalización. No es un libro que busque agradar ni ofrecer respuestas. Es una tormenta hecha narración. Es una canalización de lo elemental de los vínculos que se funden con el paisaje, de la rabia que no se doma, del amor que no se redime ni se transforma en ternura. Heathcliff y Catherine no son personajes que aprendan o evolucionen, sino manifestaciones humanas de algo más ancestral, casi como espíritus que encarnan el conflicto entre pertenecer a este mundo o a otro.

Pero Emily también canaliza lo que la sociedad de su época no quería ver ni nombrar:


La mujer como criatura salvaje, contradictoria, irreprimible.


El deseo femenino no endulzado, sino crudo, posesivo, incluso violento.


El vínculo con la muerte no como final, sino como continuidad, como transformación.


La relación con la naturaleza no como contemplación bucólica, sino como fusión íntima y corporal.


En sus poemas esto se acentúa aún más. A diferencia de otras escritoras de su tiempo, Emily no temía a la muerte, sino que hablaba con ella. En muchos de sus versos, la muerte aparece no como amenaza, sino como compañía, como tránsito hacia otra forma de estar. Sus imágenes no buscan consuelo, sino profundidad. Habla con el viento, se hunde en la soledad, nombra sin miedo la tristeza.

Los muertos alrededor dormían
en brezo y granito gris

y los moribundos su última hora aguardaban
con el final del día

Con qué brillo dorado de la tierra y el cielo 

el día de verano declina.
Con qué fulgor sobre la tierra y el mar
brilla el rayo de sol al despedirse

(The death around were sleeping / On heath and granite grey / And the dying their last watch were keeping / In the closing of the day. How golden bright from earth and heaven / The summer day declines / How gloriously o’er land and sea / The parting sunbeam shines)


Este es un extracto de su poema número 15 de sus Poemas fechados, que se encuentra en el libro Poesía completa, publicado por Alba editorial. Donde abre en un cementerio o páramo donde descansan los muertos. El “brezo” —una planta silvestre típica del paisaje de Yorkshire— y el "granito gris" —la piedra fría y dura de las tumbas— construyen una imagen de reposo, pero también de soledad áspera. Develando una poesía bien terrenal, los muertos no están en abstracto, sino rodeados de materia, de paisaje, de tiempo detenido. El verbo “dormían” suaviza la muerte, la convierte en una forma de descanso, uno muy vegetal y terroso. En los versos finales, traza también un paralelismo directo entre el ocaso del día y el ocaso de la vida. Hay una aceptación serena, pero no exenta de dramatismo, la muerte no se presenta como una interrupción, sino como parte del ritmo del mundo, un doble descenso, el del cuerpo hacia la muerte y el del sol hacia el horizonte. 


En la siguiente estrofa, ocurre el giro más bello del poema, la muerte ronda, pero el mundo brilla. La tierra y el cielo están iluminados por el fulgor dorado, como si el mundo no supiera, o no le importara, que hay cuerpos muriendo. Este contraste entre el esplendor natural y la fragilidad humana es típico entre las hermanas Brontë. No presentan un consuelo cristiano ni sentimental; hay belleza. Y la belleza no está al servicio del alma humana, simplemente es. El poema cierra con la imagen del sol declinante, esa última luz que al mismo tiempo es una despedida y un recordatorio. El “fulgor” no es solo visual, es casi espiritual. Aquí, el sol brilla con más intensidad, como si se resistiera o celebrara su propio final. 


Este poema es una muestra, una condensación, como un cristal, del corazón poético de Emily Brontë. Una mirada que atraviesa la muerte sin temerle, que ve la belleza sin necesidad de suavizar el dolor. Aquí no hay promesas de redención, ni visiones dulces de la vida, hay una atención radical a los ritmos de la vida, del mundo. Visión que está presente en toda su obra. En Cumbres Borrascosas (Editorial Alma), la muerte no es un final sino una continuación del vínculo, una forma de fusión con la tierra, con el viento, con el otro. Catherine declara: "Yo soy Heathcliff”, y más allá de la vida, sus almas siguen rozándose como bruma sobre los páramos. Lo que la sociedad condena como locura o excesiva pasión, en Brontë es un modo más profundo de existencia. 


En sus poemas, la muerte tampoco aparece como amenaza, sino como parte del tejido natural de las cosas. Emily canaliza una espiritualidad que no necesita iglesias, su altar es el páramo, su rito es el silencio y su fe es la permanencia del alma en el paisaje. El fulgor dorado del poema es, en ese sentido, el mismo que brilla en la novela cuando la naturaleza se vuelve voz. 


Voz, clima y afecto, todo en Emily Brontë es el lenguaje del mundo. 


Así, lo que ella escribe no es para tranquilizar, sino para revelar: somos parte de una coreografía más grande, donde morir y brillar pueden suceder al mismo tiempo. La belleza acompaña, no consuela. No juzga, pero permanece. Y la escritura es una forma de tocar esa verdad, de decir lo que nadie más se atreve a decir, que en el mismo momento en que todo se apaga, todo puede también iluminarse. 


Emily canalizaba también su mundo interior, que era vasto y silenciado. Una mujer que apenas salía de su casa, que se resistía a la socialización, que detestaba el bullicio de las ciudades, y que escribía con una intensidad que parecía imposible para alguien sin experiencias “externas”. Pero ahí está el secreto, su vida interior era más amplia que cualquier viaje, más aventurada que cualquier salida. Y tuvo la valentía de escribir desde ese centro, sin intermediarios.


Se ha dicho muchas veces que Emily Brontë fue una escritora “reclusa”, pero quizás habría que invertir la perspectiva, pues no se replegó porque tuviera miedo del mundo, sino porque su mundo era otro. Uno que no cabía en los límites del salón victoriano ni en los cánones de la literatura de su tiempo. Canalizó un lenguaje donde lo humano y lo salvaje no se distinguen, donde las emociones no se clasifican, donde el alma es más honda que cualquier convención social.


En un tiempo donde a las mujeres se les pedía cordura, decoro, narrativas morales, Emily Brontë escribió como si no hubiera testigos. Y es precisamente por eso que hoy su obra nos habla como si viniera de otro plano: no de uno irreal, sino de ese espacio interno que todas habitamos cuando no tenemos que rendir cuentas. Allí donde arde la intensidad, donde el deseo y la muerte se rozan, donde la belleza no es consuelo sino verdad. Allí donde Emily aún susurra, como el último rayo de sol: 


En ellos es donde hundo el ancla del deseo,
profunda en la eternidad desconocida;
ni una vez mi espíritu se cansó
de buscar Lo que tiene que ser.


(There cast my anchor of desire / Deep in unknown Eternity; / Nor ever let my Spirit tire, / With looking for What is to be!) (Extracto de Anticipación, de sus poemas publicados en 1846, incluido en el libro Poesía completa publicada por Alba editorial).

 

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