Después de la madre perfecta
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Cada Día de la madre insiste en una imagen. La madre como origen luminoso, refugio, abnegación, servidora, figura que da sin dudar. Una construcción tan repetida que parece natural. Pero no lo es. Es histórica. Es política. Y, sobre todo, es una ficción que la literatura —especialmente escrita por mujeres— ha venido desarmando con rabia y paciencia ante toda la romantización que esta contiene.
Si algo atraviesa muchos de los libros con lo que dialogamos el día de hoy es precisamente la imposibilidad de sostener ese ideal. Ahí está parte de la fuerza que tienen los libros con los que dialogamos el día de hoy, estos ya no intentan preservar la imagen de una maternidad perfecta e intocable, sino mirar de frente sus contradicciones, cansancios, deseos y zonas más humanas.
La madre como la entendemos hoy no ha existido siempre. Su figura moderna se consolida entre el siglo XVIII y XIX, cuando la familia se vuelve el núcleo moral de la sociedad burguesa. La maternidad pasa a ser no solo una experiencia, sino un mandato: amar, cuidar, postergarse. En el siglo XX, esta imagen se intensifica, pues la madre deviene sacrificio, abnegación, destino. No es casual que tantas narrativas hayan sido escritas desde ahí, como si no hubiera otra forma posible de maternar.
Pero las escritoras contemporáneas comenzaron a hacer una pregunta incómoda: ¿qué pasa cuando la experiencia real no coincide con ese relato?

En Línea nigra de Jazmina Barrera, quien publica en este momento donde muchas escritoras comenzaron a disputar el relato tradicional de la maternidad, el embarazo aparece lejos de la imagen luminosa y edulcorada que suele imponerse culturalmente. Este libro se instala en la corriente híbrida entre ensayo, diario y autobiografía para narrar la vivencia de su cuerpo y el tiempo que cambia. Cómo todo se vuelve extraño durante la gestación, pero no una extrañeza con alguna connotación negativa, sino desde su singularidad. El libro conversa con una tradición de escritura que durante siglos fue relegada a lo doméstico o considerada como “menor”. Aquí recupera lo íntimo como territorio literario. Y así, el embarazo se escribe como inscripción en una genealogía. Su línea nigra funciona como metáfora de una transformación irreversible.

Algo similar ocurre en los ensayos de Rachel Cusk, especialmente en el libro Un trabajo para toda la vida, donde escribir la maternidad no se presenta como plenitud, sino como una experiencia radical que altera la identidad, el lenguaje y hasta la percepción del tiempo. Cuando el libro se publicó a comienzos de los 2000, muchas lectoras y lectores lo consideraron escandaloso porque Cusk hablaba abiertamente del agotamiento y la pérdida de autonomía que implica maternar. Hoy esos textos son fundamentales para entender cómo las mujeres comenzaron a disputar el relato romántico de la maternidad. Había ternura y amor, pero esto convive con el aburrimiento, amor, hastío, violencia, reflexión.
Ella dialoga especialmente con esta idea que durante mucho tiempo se asumió como natural, el llamado “instinto maternal”. Sus textos cuestionan precisamente esa noción de amor inmediato, automática y esencialmente femenino. La maternidad, en esta escritura, no aparece como una develación instantánea ni como un vínculo desde un amor a primera vista, sino como una experiencia compleja que también debe construirse.

En Matate, amor de Ariana Harwicz, esa ruptura se vuelve todavía más brutal. La narradora rechaza el encierro doméstico, fantasea con escapar y se mueve constantemente entre deseo, violencia y asfixia. La novela apareció en 2012 y rápidamente se convirtió en un punto de inflexión dentro de la literatura latinoamericana contemporánea porque hacía visible algo que históricamente había sido silenciado; el resentimiento materno. Ariana Harwicz desarma la idea del instinto maternal como algo natural e inevitable y devuelve a la maternidad su dimensión conflictiva.

En esa misma línea de cuerpos femeninos que desbordan los roles impuestos aparece Tres cuerpos salvajes de Eva Baltasar, específicamente Boulder, que es una de las novelas inscritas en este tríptico de novelas. Aquí se continúa la exploración radical que Baltasar ha hecho sobre mujeres que viven al margen de las expectativas sociales vinculadas a la familia. Su protagonista lesbiana habita el deseo desde un lugar indomable, buscando una libertad sin paralelo hasta que conoce a una mujer que busca estabilidad e hijes. Su concepto de ella misma y lo que está dispuesta a entregar cambia, pero no sin resistencia. La novela dialoga con una larga tradición donde las mujeres han debido disputar el control sobre sus propios cuerpos frente a los mandatos sociales.
El cuerpo, en estos libros, no aparece como espacio de contención doméstica, sino como un territorio plagado de pulsión y fragilidad. Donde la toma de decisiones se basa en mandatos ambivalentes, tal como la propia naturaleza humana. Hay hambre, deseo, agotamiento. Conversan muy bien con la caída de la madre ideal porque escribe sobre mujeres fuera de esa lógica tradicional de cuidado, devoción y sacrificio. Mujeres que no están definidas por su capacidad de contener a otros, sino por su propia experiencia interior, muchas veces caótica y contradictoria.
Lo más interesante es que ninguno de estos libros buscan contribuir a una nueva versión ejemplar de la maternidad. No reemplazan a la madre perfecta por una madre “correcta” o “empoderada”, más bien permiten que aparezca algo mucho más real, la mujer agotada, deseante y fundamentalmente contradictoria. Que puede vivir desbordada por el cuidado y otras profundamente atravesadas por él.
Muchas de estas escrituras no solo hablan de ser madre, sino también de ser hija. De cargar con una herencia emocional, afectiva y simbólica.

En Apegos feroces, la relación madre-hija no es refugio, sino un campo de tensiones que define la subjetividad. Vivian Gornick convierte los paseos con su madre en una exploración feroz sobre dependencia, amor y rabia. Publicado en 1987, el libro pertenece a una tradición feminista que entendió que la relación madre-hija no podía seguir reduciendose al sentimentalismo. La madre aparece aquí como alguien compleja, frustrada y contradictoria. Ya no como símbolo, sino como persona.

Esa misma pregunta por las relaciones íntimas y las formas contemporáneas de sostenerse aparece, desde otro lugar, en Veinte veintiuno de Laia Jufresa. El libro surge desde el contexto de la pandemia, un momento histórico donde muchas estructuras —la familia, el trabajo, la idea de futuro— comenzaron a fracturarse o mostrarse insuficientes. La experiencia del encierro obligó a volver la mirada hacia los vínculos más cercanos, y también hacia las cargas emocionales y domésticas que recaían desigualmente. La autora escribe desde la fragmentación y la incertidumbre, retratando una generación atravesada por el agotamiento emocional y la dificultad de imaginar estabilidad. En ese contexto, la maternidad ya no aparece como un destino evidente ni como una narrativa ordenadora de la vida adulta, sino como una posibilidad atravesada por precariedad económica, ansiedad y dudas existenciales.
El libro dialoga con una sensibilidad muy contemporánea. Mujeres que crecieron viendo cómo se desmoronaba el ideal de la familia estable y que ahora deben inventar nuevas formas de comunidad, afecto y cuidado. Hay algo profundamente político en eso. Pues durante décadas la maternidad funcionó como una promesa de sentido y realización femenina; hoy muchas escritoras muestran que esa promesa convive con miedo, incertidumbre y deseo de autonomía.
Leído junto a Apegos feroces, Veinte veintiuno permite ver cómo cambió el conflicto entre madres e hijas a lo largo del tiempo. En Gornick, el peso de la madre todavía organiza completamente la identidad de la hija. En Jufresa, en cambio, lo que aparece es una generación que ya no tiene modelos claros que seguir y que debe construir afectos en medio de una sensación constante de crisis.

También aparece una mirada profundamente incómoda sobre la maternidad en Mi trabajo de Olga Ravn. La novela sigue a Anna, una mujer que acaba de convertirse en madre y que intenta sostener la escritura, la identidad propia y la vida cotidiana mientras atraviesa el agotamiento físico y mental de la crianza. Lejos de la imagen idealizada de la maternidad como plenitud inmediata, Ravn construye un relato fragmentario y asfixiante sobre la pérdida de autonomía después del parto. El libro dialoga con una discusión histórica importante: durante siglos, el trabajo doméstico y de cuidado realizado por mujeres ni siquiera fue considerado “trabajo”.
La maternidad pertenecía al ámbito privado, invisible, fuera del lenguaje económico y político. Mi trabajo tensiona precisamente esa idea. El título es irónico y literal al mismo tiempo: ¿escribir es su trabajo?, ¿maternar es su trabajo?, ¿cómo sostener ambos cuando el cuerpo ya no parece pertenecerle del todo? Este libro trabaja con diarios, poemas, escenas cotidianas y fragmentos casi clínicos para mostrar cómo la maternidad altera la percepción del tiempo, del deseo y el propio cuerpo.
En ese sentido, el libro conversa directamente con textos como Línea nigra o los ensayos de Rachel Cusk: todos cuestionan la idea de que convertirse en madre es una experiencia naturalmente armónica. Lo que aparece, en cambio, es una tensión permanente entre cuidado y autonomía, entre amor y agotamiento, entre la vida intelectual y las exigencias materiales de la crianza.
Quizás lo más radical de estas escrituras no sea destruir la figura de la madre ideal, sino renunciar a la necesidad de cualquier ideal. Pues lo que aparece en estos libros no son modelos, sino experiencias. En muchos de estos libros la madre ya no es fuerte ni sabia ni suficiente. Y justamente ahí aparece algo más humano.

En Miseria de Dolores Reyes, el cuidado ocurre dentro de contextos de violencia y precariedad estructural. Reyes trabaja sobre cuerpos atravesados por pobreza, abuso y desigualdad social, mostrando cómo la maternidad también está determinada por condiciones materiales. No todas las madres pueden cuidar del mismo modo porque no todas viven bajo las mismas condiciones históricas.

En Fuego en la garganta de Beatriz Serrano, el agotamiento femenino aparece ligado a las exigencias contemporáneas, ser productiva, emocionalmente disponible, exitosa y funcional al mismo tiempo. Aunque no trate exclusivamente sobre maternidad, el libro conversa con el peso histórico que ha recaído sobre las mujeres y sus cuerpos.

Uno de los gestos más interesantes de esta literatura es que también intenta imaginar otras formas de afecto. En Tres luces de Claire Keegan, una niña descubre el cuidado fuera de su hogar biológico. La novela cuestiona una idea profundamente arraigada en Occidente, que la familia nuclear es el único espacio legítimo para el amor y la protección. Aquí la autora sugiere que el cuidado puede aparecer en otros vínculos, menos normativos.

Algo similar ocurre en Hamnet de Maggie O’Farrell, donde la maternidad está narrada desde el duelo. O’Farrell recupera la figura de Agnes para devolverle espesor emocional e histórico a una mujer que había permanecido en los márgenes del relato oficial. La novela muestra cómo las madres también son sujetos atravesados por pérdida, deseo y contradicción, no solamente figuras de contención.

La pérdida también se narra en Atrás queda la tierra de Arianna de Sousa García, pero aquí el duelo no es únicamente íntimo, es político, migratorio y colectivo. Entra como una novela de no ficción construida como una carta de una madre a su hijo. Este surge de la experiencia de la diáspora venezolana. De Sousa-García escribe desde el exilio en Chile y convierte la maternidad en una pregunta atravesada por el desarraigo: ¿cómo explicarle a un hijo el país que perdió?, ¿cómo criar a alguien entre fronteras, violencia y xenofobia?
Eso vuelve muy interesante la relación entre maternidad e historia en el libro. Pues siempre se ha asociado la figura de la madre a un hogar, un refugio estable, a la protección y al arraigo. Atrás queda la tierra muestra precisamente lo contrario: madres que deben criar en movimiento, sostener emocionalmente a sus hijos mientras ellas mismas atraviesan miedo, precariedad y pérdida. En ese sentido, la novela desmonta otra ficción histórica sobre la maternidad: la idea de que cuidar siempre ocurre en condiciones seguras o protegidas.

Por otro lado, en No dejes de escribirme se reúnen diferentes escrituras epistolares que aparecen como una forma de sostener vínculos, donde la maternidad está atravesada por la distancia y muchas veces por la imposibilidad. La herencia no es solo biológica. Es emocional, lingüística, incluso narrativa, pues aprendemos a contarnos a través de las madres que tuvimos.
Durante mucho tiempo, la literatura sobre maternidad exigió mujeres ejemplares. Madres amorosas, sacrificadas, moralmente legibles. Pero estas autoras hacen otra cosa, mucho más interesante, que es devolver esa opacidad y devolverle el propio cuerpo a experiencias que durante siglos fueron reducidas a mandato y deber.
Quizás lo fundamental de todos estos libros es que ninguna intenta proponer otro modelo materno. No construyen una nueva madre perfecta. Lo que hacen es algo más difícil, aceptar la contradicción. Estas escritoras entienden que la maternidad puede convivir con el deseo, el resentimiento, el agotamiento y la ternura. Y que las relaciones de madres e hijes están hechas tanto de amor como de herencias difíciles de nombrar.
Tal vez por eso estos libros resuenan tanto hoy. Porque ya no buscan sostener la ficción de la madre impecable. Buscan, más bien, dejar la romantización y devolverle su humanidad.