Cartografía de las sombras: un octubre de brujas, miedos y escrituras

Cartografía de las sombras: un octubre de brujas, miedos y escrituras

Octubre es, cada año, una invitación a mirar la sombra. No solo porque los días se vuelven paulatinamente más largos, y las noches más cortas, sino porque el cuerpo lector también cambia de tono, empieza a buscar la penumbra, los márgenes, aquello que nos asusta. Este mes, entre las lecturas y los ecos del miedo, fuimos trazando una cartografía de lo oscuro e hicimos un recorrido que empezó en la literatura gótica, atravesó las historias de brujas y llegó hasta el terror contemporáneo escrito por mujeres latinoamericanas. Un mapa donde el miedo no fue un fin, sino una forma de mirar.

El gótico, como género, nace en el siglo XVIII en Inglaterra, en plena modernidad ilustrada. Ann Radcliffe es considerada una figura clave en la popularización del género en las últimas décadas del siglo con obras como Los misterios de Udolfo (1794). Se publicó originalmente en cuatro volúmenes y estas novelas suelen marcar los inicios de este género. En ellas se narran las peripecias de Emily St. Aubert quien sufre, entre muchas calamidades, la muerte de su padre, terrores sobrenaturales en un sombrío castillo, y las maquinaciones de personajes masculinos. Así logra narrar una mezcla de ruinas, herencias y fantasmas. 

Pero lo gótico fue, desde el principio, algo más que un decorado de cementerios y castillos, fue una reacción al orden racional, un modo de volver a introducir la emoción, el exceso, el cuerpo y el misterio en una época que quería explicar el mundo desde la luz de la razón. Lo gótico fue la herida.

Con Ann Radcliffe, Mary Shelley, las hermanas Brontë o incluso Louisa May Alcott, lo gótico exploró su voz femenina. La mansión dejó de ser solo un escenario para convertirse en una metáfora del cuerpo y la mente de la mujer confinada. Jane Eyre, Cumbres borrascosas, Frankenstein o Un susurro en la oscuridad no hablan solo de fantasmas; hablan de deseo, de encierro, de educación sentimental, de mujeres que deben volverse espectros para existir. Como escribió Ellen Moers en Literary Women (1976), “la novela gótica femenina fue el primer espacio donde las escritoras pudieron narrar el terror de la domesticidad”.

En esas primeras autoras, el miedo no era una experiencia pasiva, sino que era una forma de conocimiento. Las protagonistas de Shelley, Radcliffe y Alcott no solo huían del monstruo, lo nombraban; sabían que lo monstruoso también era parte de ellas. En esa dualidad, el gótico se transformó en un laboratorio simbólico: el castillo era la mente, el pasillo oscuro era la culpa, el monstruo era la consecuencia de una transgresión.

El siglo XIX hizo del miedo una forma de literatura y del cuerpo femenino su terreno simbólico. El uso del terror entonces aparece presente en la trama de los libros en tanto se entiende como ruptura con el espacio cotidiano, de esta forma transgrede sus normas y utiliza elementos que atienden una función emocional en el lector. Esta literatura comenzó a delinear un territorio que siglos después llamaríamos feminista, la sospecha de que el miedo no era un límite sino un espejo.

Pero el miedo hacia las mujeres no nació con el gótico. Viene de antes, de las hogueras, de los procesos de caza de brujas en la Europa moderna, de las persecuciones narradas siglos después en textos como El libro de las brujas de Katherine Howe. Donde se expone esa figura de la mujer peligrosa, deseante, solitaria que se infiltró en el imaginario literario y se mantuvo como sombra persistente. Las escritoras del siglo XIX heredaron ese miedo como herencia simbólica, y así toda mujer que escribía, pensaba o imaginaba podía ser, de algún modo, una bruja.

El siglo XX recuperó esa figura con otro lenguaje. Autoras como Alfonsina Storni o incluso Virginia Woolf, en su ensayo Una habitación propia, entendieron que la independencia intelectual de las mujeres estaba marcada por el mismo estigma que en siglos anteriores condujo a las hogueras. Y hoy, en pleno siglo XXI, esa genealogía continúa. Todo el mundo sabe que tu madre es una bruja de Rivka Galchen o Vienen de noche de Júlia Carreras Tort revisitan el mito desde una perspectiva contemporánea: la bruja no como monstruo, sino como mujer que no encaja, que resiste.

Leer sobre brujas es leer sobre lenguaje y poder. En los juicios, los testimonios eran tergiversados, las palabras de las acusadas se volvían prueba de su culpa. Como si la voz femenina fuera, en sí misma, una amenaza. La bruja, en ese sentido, no es solo una figura histórica: es una metáfora de todas las escritoras que fueron silenciadas, de las lectoras que tuvieron que leer a escondidas, de las voces que sobrevivieron al fuego.

En los cuentos que componen el libro Las voladoras de Mónica Ojeda se ve representada la imagen de la bruja desde perspectivas diferentes pero siempre ligada a la naturaleza primigenia y a la sexualidad femenina, mezclada con las tradiciones locales de los pueblos andinos, componiendo así una triada en torno al tema será trabajado individualmente: las voladoras, las aborteras y las Umas. En sus libros vemos una importancia del espacio geográfico para la construcción de su terror, pero también en la significación que se tiene de elementos culturales, como las curanderas, el poder de la naturaleza, las montañas y volcanes, propios del espacio andino.

Y, al leerlas, nos damos cuenta que este siempre estuvo ligado al cuerpo. Desde Shirley Jackson, el miedo literario se expresó en pulsiones físicas; la piel, la respiración, la sensación de encierro. Autoras como Charlotte Perkins lo expusieron magistralmente. Pero hay una diferencia notable entre el terror que se mira desde afuera y el que se escribe desde adentro. 

Cuando las mujeres comenzaron a apropiarse del género, el cuerpo dejó de ser la víctima del horror para convertirse en su narrador. En Siempre hemos vivido en el castillo (1962), Shirley Jackson escribe desde el interior del miedo, no como espectáculo sino como estado mental. Lo mismo hace ahora Mariana Enríquez en Las cosas que perdimos en el fuego o Samantha Schweblin en Distancia de rescate: el miedo surge del cotidiano, del vínculo materno, del amor o la enfermedad. El terror contemporáneo, en manos de las autoras latinoamericanas, han abordado, no tan solo en las últimas décadas, la herencia gótica volviéndola más política. 

Lo que antes fue castillo o mansión, ahora es barrio, casa, departamento. Lo que antes fue maldición, ahora es trauma. Lo que antes fue fantasma, ahora es historia. Con las autoras latinoamericanas contemporáneas la escritura se vuelve materia, bosque, transformación. Las protagonistas no temen ser devoradas porque ya conocen la violencia del mundo; lo que buscan es otra forma de existencia.

Si el gótico nació en los castillos ingleses, en América Latina creció entre casas coloniales, selvas y desiertos. La región tradujo el miedo a su propia geografía. En el siglo XX, autoras como Silvina Ocampo, Amparo Dávila o María Luisa Bombal escribieron desde esa intersección entre lo fantástico y lo siniestro, sus personajes viven atrapados entre lo real y lo onírico, entre el deseo y la culpa. El miedo, en sus obras, es íntimo, doméstico, psicológico. Escritoras como María Fernanda Ampuero, Rita Indiana, y Elaine Vilar Madruga han devuelto al género su dimensión social. El terror se volvió una herramienta para pensar la violencia del presente: los cuerpos feminizados, los territorios devastados, la pobreza, el abuso. Ya no se trata de un miedo sobrenatural, sino del miedo estructural que habita las calles y las instituciones.

En ese sentido, el terror latinoamericano contemporáneo es profundamente femenino: porque mira lo invisible, porque se niega a separar lo personal de lo político, porque su monstruo es siempre humano. Es así, un mapa del cuerpo social. Tanto en novela como cuentos, en todos los formatos ahora se trabaja el miedo desde esta vereda de la violencia cotidiana, las relaciones de poder y la dominación de los cuerpos entendiendo de esta manera los miedos como una representación, pues sabemos que el horror es político, o mejor dicho, el uso del terror en estas narrativas es político y nos ayuda a vislumbrar ciertas tramas. 

En aquellos libros el miedo aparece estrechamente ligado a la condición social y política que logra adquirir por medio de la narración junto a la experiencia de los personajes femeninos en un mundo que las oprime constantemente. A través de ellos es que vemos representada tanta violencia que se logra articular en estos espacios con elementos del género del terror y de lo gótico. En Perturbadoras, se reúnen, por primera vez, escritoras latinoamericanas nacidas en el siglo XIX que compartieron el interés por el horror, lo monstruoso y lo anormal. Estas autoras provenientes de Centroamérica, el Caribe, México, Chile, Brasil, y el resto del Cono sur, escribieron estas historias y edificaron una tradición literaria que vino a enriquecer el discurso narrativo y político de su época hasta el día de hoy. Y en el libro Insólitas se reunió a casi treinta autoras con una magnífica selección de cuentos que abordan lo raro, lo extraño y desacostumbrado. Esta selección se compuso de autoras latinoamericanas y españolas.  

Estos libros siguen siendo muy importantes en torno al rescate de escritoras latinoamericanas del siglo XIX, especialmente Perturbadoras, que logra mostrar que las autoras de esos años ya estaban escribiendo terror, horror o fantasía cuando estos géneros eran considerados exclusivamente masculinos o extranjeros. Por otro lado, demuestra que el gusto por lo siniestro y lo anormal formó parte de las preocupaciones intelectuales y políticas de las mujeres de la época. 

¿Por qué seguimos leyendo sobre el miedo? Quizás porque el miedo, en la literatura, nos permite imaginar lo que la realidad niega. Leer terror no es escapar, sino enfrentarse a lo que no tiene nombre. Y cuando esas lecturas vienen de mujeres, el gesto se vuelve doble: es una confrontación con el miedo y con la historia del miedo. Una lectura gótica escrita por una mujer es siempre también una lectura sobre el lugar de la mujer en la cultura.

En el fondo, el gótico femenino y el terror escrito por mujeres comparten una misma tarea: hacer visible lo que la sociedad oculta. La histeria, la locura, el deseo, el cuerpo envejecido, la maternidad ambivalente. Todo lo que la historia patriarcal llamó “monstruoso” o “irracional” encuentra en estos géneros su espacio de expresión. Y en esa transformación, el género se expande. El terror ya no necesita del grito, sino del susurro. La literatura latinoamericana contemporánea escrita por mujeres se ha apropiado del miedo para hablar de deseo, maternidad, clase, violencia estructural y herencia. Como sugiere la crítica española Teresa López-Pellisa: “el horror actual es un espejo feminista: devuelve una imagen incómoda del sistema que lo produce”.

 

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