8M: Escribir para existir, leer para transformar
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Cada 8 de marzo vuelve una pregunta que atraviesa la historia literaria: ¿quiénes han tenido derecho a narrar el mundo y desde qué lugar? Durante siglos, la experiencia de las mujeres fue filtrada por discursos ajenos o confinada al ámbito privado. Sin embargo, en las últimas décadas algo se ha desplazado con fuerza, las mujeres no solo están escribiendo más, sino que también están ocupando el centro del debate cultural.
Ese movimiento no es solo perceptible en la sensibilidad de los textos contemporáneos. También es visible en las cifras. En 2023, un informe del World Economic Forum analizó datos del mercado editorial en Estados Unidos y Reino Unido y concluyó que las mujeres están publicando más libros que los hombres en varios segmentos, especialmente en ficción literaria contemporánea. Además, constituyen la mayoría del público lector y compran más libros al año que los hombres. El crecimiento no es marginal ni anecdótico, es sostenido y económicamente significativo para la industria. Al analizar datos de Goodreads, Bookstat, Amazon y la Biblioteca Nacional del Congreso, Waldfogel descubrió que la proporción de títulos publicados por mujeres aumentó de alrededor del 20 % en la década de 1970 a más del 50% en 2020.
Durante mucho tiempo se sostuvo la idea de que publicar y leer mujeres era de nicho. Hoy, las estadísticas muestran lo contrario. Pero el dato más interesante no es solo cuantitativo. El informe subraya que los libros escritos por mujeres tienen un rendimiento comercial sólido y sostenido. Es decir, no se trata de un nicho ideológico ni de una burbuja cultural. Es un fenómeno transversal que está reconfigurando el mercado. Pero reducir este fenómeno a una tendencia comercial sería insuficiente. Lo que está ocurriendo es, ante todo, un cambio estructural, tanto en el tipo de historias que circulan y en la legitimidad de ciertos temas.
Uno de los rasgos más visibles de la escritura contemporánea de mujeres es la radicalidad con que muchas autoras han decidido narrar sus propias experiencias. Cuerpo, violencia, deseo, maternidad ambivalente, trauma, precariedad, abuso de poder, son algunos de los temas que durante décadas fueron relegados al ámbito privado o tratados con eufemismo hoy son abordados con una frontalidad que incomoda.
La autoexposición no es ingenua. Es una herramienta literaria, un recurso. Y es, por sobre todo, un gesto político.
No es casualidad que hoy las autoras contemporáneas usen la experiencia personal como fuerza narrativa. Esa decisión tiene raíces profundas en épocas donde, incluso para mujeres con reconocimiento social, escribir desde la propia vivencia era un acto de ruptura. Un ejemplo paradigmático en Chile es Inés Echeverría Bello —también conocida como Iris— intelectual, periodista y autora de una obra extensa y diversa que abarcó desde diarios de viaje hasta crónicas, ensayos y textos de opinión, muchos de ellos publicados en prensa a comienzos del siglo XX, que en 1934 publicó el libro Por él, donde denuncia el femicidio de su hija Rebeca Larraín Echeverría a manos de su marido Roberto Barceló Lira, un libro testimonial y ensayístico en el que no solo reclamó justicia por la muerte de Rebeca, sino que también cuestionó la cultura social y judicial de la época, donde los crímenes conyugales muchas veces quedaban impunes y cuyas estructuras de poder protegían a los hombres miembros de la élite.

La publicación de este libro fue un gesto de exposición profundamente político en su contexto histórico. Echeverría no escribió desde la distancia ni desde una abstracción teórica del tema, más bien desde el impacto brutal de una violencia que la sociedad de la época tendía a ocultar o relativizar. Y lo hacía con plena conciencia de que su posición social le daba acceso a plataformas de circulación que muchas otras mujeres no tenían. Esa decisión narradora fue, para su tiempo, disruptiva y pública.
Si miramos obras como Por él junto con textos contemporáneos que exploran la vivencia íntima como herramienta de análisis social —desde memorias de trauma hasta autoficciones sobre maternidad— vemos el hilo común de la escritura desde la experiencia como forma de nombrar lo que antes se consideraba privado, vergonzoso o irrelevante. Y que, sin embargo, resulta fundamental para comprender las estructuras culturales y políticas que nos rodean.

Esta escritura “incómoda” tiene una genealogía extensa que cruza siglos y continentes. Como por ejemplo, con Sor Juana Inés de la Cruz en el siglo XVII, quien, en el Virreinato de la Nueva España, escribió la Respuesta a Sor Filotea de la Cruz —también conocida como Contra la ignorancia de las mujeres— como defensa frente a las críticas eclesiásticas que le exigían abandonar los estudios intelectuales. El texto es, en esencia, una argumentación brillante a favor del derecho de las mujeres al conocimiento.
Este fue escrito en un contexto donde el acceso femenino al saber estaba restringido y vigilado, Sor Juana defendió su propia formación autodidacta y también denunció la contradicción de una sociedad que exigía virtud femenina mientras negaba educación. La carta circuló ampliamente y provocó incomodidad en las jerarquías religiosas. Su impacto fue tal que, poco después, Sor Juana fue presionada para abandonar la escritura pública.
El gesto fue radical. Escribir para justificar el derecho a pensar.

Un siglo más tarde, en 1792, en plena efervescencia de la Ilustración y tras la Revolución Francesa, Mary Wollstonecraft publicó Vindicación de los derechos de la mujer. Este canónico libro argumentaba que las mujeres no eran inferiores por naturaleza, sino producto de una educación limitada y diseñada para la dependencia. Wollstonecraft proponía un acceso igualitario a la educación formal y cuestionaba la idea de que la sensibilidad femenina fuera incompatible con la razón. En su momento, el texto fue recibido con hostilidad y condescendencia. Fue leído por algunos sectores como una exageración radical y quedó, en gran medida, relegado tras la muerte de la autora. Su figura fue incluso desacreditada moralmente en biografías posteriores que enfatizaban su vida personal por sobre sus ideas.
Sin embargo, un siglo después, durante las primeras olas del feminismo organizado, la Vindicación fue recuperada como un texto fundacional. Lo que había sido ninguneado pasó a ser considerado una piedra angular del pensamiento feminista moderno. El tiempo confirmó la dimensión histórica de su intervención.
Estos casos revelan algo clave y es que muchas obras escritas por mujeres fueron disruptivas no solo por su contenido, sino por su mera existencia en el espacio público.

Siglos después, en otro contexto y con otras herramientas, Chanel Miller publicó Tengo un nombre, donde no solo contó su historia como sobreviviente de agresión sexual por parte de Brock Turner, también recuperó su identidad frente a un caso judicial y a la maquinaria mediática que solo la llamaba como “Emily Doe” y donde se le difamó públicamente por toda la duración del caso. El libro fue un acontecimiento cultural porque desplazó el foco, porque si bien la defensa de Turner trató de que el caso se tratara del agresor y su “futuro prometedor” que se iba a ver mermado si este era condenado, el relato de Chanel logró que se viera desde su propia vida fracturada —y reconstruida—, la vida de una mujer concreta, con nombre y voz.
En su momento, Tengo un nombre, fue clave porque se inscribió en la ola posterior al #MeToo, pero lo hizo desde la literatura, no solo desde el activismo digital. Miller escribió con una precisión emocional que mostró cómo el trauma atraviesa el lenguaje, la memoria y el cuerpo. El libro no solo fue denuncia, se logró constituir como una obra literaria que amplificó una experiencia individual hasta volverla espejo colectivo.
Si miramos estos libros —algunos separados por más de un siglo— vemos un hilo común: la escritura como recuperación de la voz propia para disputar el acceso al conocimiento, al relato y a la memoria. Cada vez que una autora decide narrar su experiencia, aunque esta incomode y exponga fragilidades, está dialogando con esa tradición. Y cada vez que una lectora encuentra en esas páginas una forma de reconocimiento, la literatura cumple una función que va más allá del entretenimiento, pues se convierte en archivo, en memoria y en transformación cultural.
Así, lo que hoy parece natural —leer memorias crudas, novelas autoficcionales, ensayos íntimos— es resultado de una larga genealogía de autoras que se atrevieron a escribir desde sí mismas. Esa escritura no es confesional en el sentido banal del término. Es canónica. Cuando una autora narra su maternidad no idealizada, su experiencia de violencia, su deseo fuera de la norma o su fragilidad psíquica, está desmantelando la ficción de que esos temas son privados, vergonzosos o menores. Está desplazando el eje de lo que consideramos literario.
En Autoras Librería vemos cómo esta operación produce algo concreto: comunidad. Lectoras que llegan después de terminar un libro y nos dicen “pensé que solo me pasaba a mí”. Esa frase es política. Porque transforma la soledad en estructura compartida. Y esa es una de las razones por las que hoy las mujeres no solo publican más, sino que también generan fenómenos culturales de largo alcance. La escritura que parte de la experiencia individual se convierte en archivo de una época.
Cada libro escrito por una mujer dialoga con su momento histórico. Por él tensionó el orden moral de la élite chilena de comienzos del siglo XX. Tengo un nombre intervino en el debate global sobre consentimiento y justicia. Ambas publicaciones fueron importantes no solo por su contenido, sino porque desplazaron el centro de gravedad del discurso público.
Publicar, en estos casos, fue un acto de intervención cultural.
Hoy, cuando las estadísticas muestran que las mujeres están ocupando más espacio en las mesas de novedades, la pregunta ya no es si pueden publicar, sino cómo ese aumento transforma el imaginario colectivo, qué temas ingresan al debate, qué experiencias se legitiman y qué silencios se rompen.
En este contexto, nuestra librería no es solo un punto de venta. Sostener una librería dedicada a autoras es intervenir en esa historia diariamente con cada recomendación, en cada conversación con lectoras y lectores que llegan buscando algo que no siempre saben nombrar, pero que reconocen cuando lo encuentran, una voz que les habla desde la experiencia, sin mediaciones ni condescendencia. Así, nuestro trabajo se traduce en decir que esas voces no son anexas, son centrales. Esa es la única forma de lograr que nuestro lugar sea uno donde estos libros dialoguen entre sí y con sus lectoras. Donde una novela escrita hace quinientos años puede conversar con una memoria publicada la semana pasada. Nuestro propósito es sostener esa conversación. Ampliarla y cuidarla.
Creemos firmemente que leer autoras no es tan solo un gesto de corrección política, sino una forma de comprender mejor el mundo. Porque durante siglos la experiencia femenina fue narrada por otros. Hoy, cuando las mujeres escriben más que nunca y cuando sus libros marcan hitos culturales y comerciales, acompañar ese movimiento es una responsabilidad.
Por eso, este 8 de marzo no celebramos una moda editorial. Reconocemos el proceso histórico que las mujeres han creado con la escritura —a veces pagando altos precios— para convertir la experiencia íntima en memoria colectiva. Y seguimos leyendo, porque cada libro que pone en palabras lo que antes era silencio amplía el espacio de lo posible.